miércoles

Disfrutar de ti


Ha sido como siempre un gran placer para esta sumisa tuya tenerte de nuevo frente a mi , sabes que aún con cada encuentro tiemblo entre tus brazos, mi boca se reseca y mi corazón se acelera como si fuese la primera vez,
 todo mi cuerpo entra en una profunda excitación difícil de describir, una donde me confirmo a mi misma cuanta fuerza tiene todo esto que siento por ti.

Me ha encantado que me permitieras tocarte, besarte, escucharte y sentirte como el hombre que sabe activar todas las teclas de placer dentro de mi...

Me he sentido encendida, torturada, expuesta,humillada, deseada,usada y cuidada de una forma increíble, una donde me permites  ser esa mujer que desea complacerte y  disfrutar de ti sin medidas 

Gracias por permitirme estar llena de esta luz infinita que hoy me confirma como cuando estoy a tus pies me siento a salvo...

sábado

Relato el final...

La impresión me arrancó un grito. Fue sólo eso, la impresión del
calor sobre mi piel. No duró lo suficiente como para que sintiese
dolor, al contacto con mi cuerpo, la cera se enfriaba casi al momento,
y lo único que permanecía era la sensación de tirantez y el pegote
sobre la piel cuando me movía. Esperaba la siguiente salpicadura
cuando un cubito de hielo empezó a girar alrededor de mi pezón
derecho. A medida que se iba derritiendo, las gotas de agua helada
resbalaban entre mis pechos y hacia mi estómago, entre las
salpicaduras de cera. De un pezón pasó al otro y luego desapreció.
Definitivamente, prefería la cera. La primera sensación era más
impactante, pero pasaba muy rápido, mientras que el hielo me provocaba
estremecimientos y, de alguna forma, la impresión duraba más. El
siguiente chorro de cera fue mucho más largo y cayó sobre mi estómago,
trazando una línea que iba desde la base de mis pechos hasta el
ombligo. Otra vez se me escapó un grito entrecortado con el primer
golpe de claro sobre la piel, pero la cera no tardó en enfriarse.
A intervalos irregulares, siguió vertiendo cera sobre mi piel, y cada
vez yo volvía a saltar sin poder evitarlo. Sabía que era una tontería,
porque había comprobado que realmente no me hacía daño, pero no podía
evitar tensarme mientras esperaba y dar un respingo cuando volvía a
sentirlo. Otro cubito de hielo fue a parar a mi ombligo y se quedó
allí. Involuntariamente, me moví e hice que cayera. Una palmada en mis
muslos me dejó claro que tenía que estarme quietecita, y al momento el
hielo volvió a su sitio. Prácticamente podía notar cómo se iba
derritiendo y como el agua fría se deslizaba sobre mi piel, hacia los
costados. Empezaba a sentirme incómoda y muy fría cuando la lengua de
mi amo en mi coño hizo que todo cambiase. Frío y calor se mezclaron
dentro de mí haciendo que mi nivel de excitación volviera a
dispararse. No recordaba que nadie me hubiera lamido nunca de aquella
manera.
Era delicioso, húmedo, caliente, aplicando la presión justa. Rodeaba
la base del tapón anal y del vibrador, deslizándose entre los labios
de la vagina y rodeando el clítoris, aplicándole lametones rápidos y
continuos con la lengua rígida. Ahora, cuando parecía que estaba a
punto de correrme, mi dueño se limitaba a hacer caer otro chorro de
cera sobre mis pechos o a colocar otro cubito de hielo en cualquier
otra parte de mi cuerpo. Sólo con eso conseguía que me contuviese un
rato más. Se deleitaba en mi coño, lamía la parte interna de los
muslos y luego subía para succionar mis jugos y yo deseaba cada vez
más.
Sin embargo, lo bueno no suele durar y, cuando se cansó de chupar, mi
amo empezó a aplicarme el hielo y la cera en el coño. Las primeras
gotas de cera en un punto tan delicado me provocaron un ataque de
pánico. Sin embargo, al calor le seguía de inmediato el hielo,
aliviando las primeras punzadas de dolor sobre la piel sensible.
Cuando menos lo esperaba, el juego terminó definitivamente y me
encontré arrodillada sobre la cama, con las manos otra vez atadas a la
espalda. No tuve claro qué era lo que mi señor deseaba de mí hasta que
se colocó a mi lado.
Encendió el vibrador, dándole la máxima potencia, y fue sacándolo
lentamente. Lo apagó en cuanto estuvo fuera y empezó a tirar del tapón
anal. De pronto me sentí vacía, muy vacía, e incluso más indefensa que
antes. La frustración, sin embargo, se convirtió en expectación cuando
mi amo se tumbó a mi lado sobre la cama. Su pierna caliente se
apretaba contra mí y una de sus manos se apoyaba en el pliegue de mi
pierna.

- Bueno, puta, ahora voy a meterte una polla de verdad-. Durante un
momento casi ni me lo creí y luego dudé. No estaba segura de si debía
tomar la iniciativa o limitarme a esperar-
.¿¿A qué estás esperando, perra? Clávatela hasta el fondo. En ese culo
de puta que tienes.
Resultaba complicado sin poder verle ni tocarle, pero no esperé ni
medio segundo. Me giré hasta quedar frente a mi señor y luego volví a
girar, aunque esta vez levantando la pierna hasta quedar montada a
horcajadas sobre él. Balanceé las caderas tentativamente, deslizándome
sobre él hasta acabar apoyando la punta de su polla entre mis nalgas.
Con cuidado, empecé a descender, pero resbaló y acabó deslizándose
hacia mi espalda. Volví a intentarlo con idénticos resultados. La
tercera, sin embargo, fue la vencida. Esta vez mi amo tuvo compasión
de mí, me separó un poco más las nalgas con una mano y empujó la punta
de su verga dentro de mí. Luego volvió a quedarse quieto y fui yo la
que empezó a moverse. Descendí hasta que la tuve dentro por completo,
sus huevos apretándose contra mi culo. Su tacto dentro de mí era
deliciosamente cálido después del frío del tapón anal. Empecé a
moverme, buscando un ritmo cómodo.
Mi señor me dejó hacer durante un rato, pero pocos minutos después
volvió a tomar el mando. Sus manos azotándome, golpeando mi culo más o
menos rápido y con más o menos fuerza, me indicaban el ritmo que debía
seguir. Me aceleraba más y más, jadeando y gimiendo de placer. Por
primera vez no necesitaba esforzarme demasiado para poder escuchar su
respiración acelerada y eso me espoleaba. Necesitaba hacer que gozara.
Gran parte de mi placer venía del suyo y deseaba poder darle más y
más. Gimió por primera vez y me ordenó parar.
Deseé poder protestar. Las palabras casi se escaparon de mis labios.
¿Por qué iba a querer detenerse ahora? Sus manos en mis caderas me
levantaron y me obligaron a moverme poco más que unos centímetros
hacia delante para después empujarme hacia abajo con fuerza. Grité de
placer mientras su polla se clavaba bruscamente en mi coño.
Instintivamente empecé a contonearme sobre él. Esta vez él tampoco se
contenía y sus gemidos resonaron con fuerza en la habitación. Sus
azotes y la forma en que sus manos apretaban mi culo después de cada
golpe me excitaban incluso más. Seguía sin tener permiso para
correrme, pero tampoco me importaba, estaba disfrutando de la
situación lo suficiente como para que no me preocupara afrontar las
consecuencias.
Bruscamente, mi señor desató la venda que me tapaba la vista. La
habitación estaba iluminada sólo por la luz que entraba por la
ventana. Empezaba a oscurecer y era cada vez menos, pero aún así tuve
que parpadear, medio deslumbrada. En cuanto mis ojos se acostumbraron
a la luz, mi mirada se dirigió automáticamente hacia abajo. Los ojos
de mi señor estaban clavados en los míos.
- Córrete Ahora, zorra. Hazlo-.
No podía apartar la vista. Su mirada me envolvía. Sus ojos sólo se
cerraban de vez en cuando con algún gemido de placer especialmente
intenso y su cara lucía una sonrisa satisfecha. Sus manos dejaron mi
culo y subieron hasta mis pechos. Apretó mis pezones con todas sus
fuerzas mientras inclinaba la cabeza hacia atrás. Su grito de placer y
la vista de su cara durante el clímax me hicieron llegar el orgasmo
sin dejar de mirarle.
Disfruté tanto de mi orgasmo como de su expresión de placer y de su
sonrisa de propietario complacido cuando me incliné para besar su
pecho y su cuello. Me desató las manos y me hizo apoyarlas sobre el
colchón antes de abrazarme y besarme los labios.
El beso se volvió cada vez más intenso mientras mi señor me hacía
girar sobre la cama hasta quedar sobre mí. Sin darme tiempo a
abrazarlo se levantó y me hizo ponerme de pie a su lado. Me temblaban
las rodillas mientras le seguía hasta el baño. Disfrutando del agua
caliente de la ducha, intenté enjabonarle, pero no me lo permitió. Fue
mi señor el que se dedicó a lavarme con suavidad, despegando de mi
cuerpo todos los restos de cera, masajeando con cuidado las zonas en
las que mi piel parecía más enrojecida. Pronto volvía a estar sobre la
cama, cómoda y calentita, acurrucada contra mí amo.
Lo último que oí antes de quedarme dormida fue la voz de mi señor
diciéndome que podría aprender, que si ponía atención y me esforzaba
acabaría convirtiéndome en una buena perra. Supe que aquella tarde
había sido todo lo que yo esperaba.
Superaba con mucho todas mis fantasías y mis expectativas. Me dormí
esperando ansiosa el momento de volver, sabiendo que después de
aquella primera sesión habría muchas otras. _
All

jueves

Relato 5ª Parte





- Claro que la notas, está bien metida en medio de tu coño empapado.
La he colocado ahí para que puedas refregarte contra ella como una
perra en celo. Voy a aplicarte tu castigo, puta. Voy a distribuir los
treinta azotes por todo tu cuerpo de guarra, y mientras lo hago quiero
que uses esa cuerda para llegar al orgasmo. Quiero que te corras antes
de que termine de castigarte, y no me vale con que luego me digas que
has tenido un orgasmo, zorra, quiero darme cuanta cuando pase. Para
eso eres una perra lasciva y hambrienta. ¿Entendido?-.
Volví a asentir, preguntándome si sería capaz de hacerlo-.
- Entonces empieza a mover las caderas, puta.-
Cogió el cinturón de mi mano y supe que estaba a punto de empezar.
Moví un poco las caderas, tratando de calcular hasta dónde podía
moverme sin caerme y de comprobar cómo de intenso podía ser el roce de
la cuerda. Era muy, muy agradable, pero no lo suficientemente
constante. Me rozaba, pero no había forma de conseguir que la presión
fuese suficiente. Era frustrante. Deseaba poder cerrar las piernas y
hacer el contacto más intenso. El primer azote cayó sobre mis pechos.
Dolió y me calentó la piel, pero muy pronto el calor del golpe se
difundió por mi piel aumentando mi excitación. Me paralicé un momento
y luego empecé a balancearme otra vez. Me volvía loca. Cada roce me
provocaba intensas sensaciones de placer, pero la cuerda siempre
acababa desviándose a un lado en el momento más intenso. Necesitaba
más y no sabía bien cómo conseguirlo. Mis movimientos se volvían cada
vez más rápidos, aunque no tanto como yo deseaba. No podía sacarme de
la cabeza la idea de que podía acabar cayéndome y no creía que pudiera
parar demasiado bien el golpe.
Dos azotes casi seguidos cayeron sobre mi vientre y mi culo. Gemí de
pura frustración. Estaba descubriendo que los azotes intensificaban
las sensaciones. Sin poder evitarlo, estaba retorciéndome, agitando
las caderas y flexionando las rodillas para tratar de encontrar el
punto donde el contacto con la cuerda era más intenso. El cinturón
seguía incitándome. De alguna forma me marcaba el ritmo que debía
seguir. Lo tenía tan cerca que casi lo tocaba. Temblaba. Deseaba que
la cuerda fuese más ancha, o tener las manos libres para poder
llevármelas al coño, follarme, acariciarme el clítoris en condiciones…
Lo que fuera con tal de dar el paso que estaba separándome del
orgasmo. Aunque la mordaza me impedía emitir sonidos coherentes,
supliqué. No sabía muy bien lo que pedía, pero no podía parar. Poco
apoco me acercaba al clímax. Sabía que lo tenía muy cerca, pero me
faltaba un último impuso. Cada vez que adelantaba las caderas trataba
de hacerlo un poco más rápido, de llegar un poco más adelante,
doblando las rodillas un poco más. La posibilidad de caerme había
desaparecido totalmente de mi cabeza y todos mis pensamientos estaban
centrados en el placer, en el que sentía y en el que sabía que tenía
al alcance de la mano. En un momento de lucidez escuché a mi amo
contando el vigésimo azote. En un momento, la situación cambió.
El cinturón cayó sobre mi coño totalmente abierto en el momento en el
que el roce de la cuerda era más intenso y me hizo gritar, un grito a
medio camino entre el dolor y el placer. Era justo lo que me faltaba
para abandonarme totalmente. Las oleadas de placer me recorrían
mientras seguía moviéndome de forma convulsa. No recordaba haber
disfrutado nunca de un orgasmo así. Los azotes se sucedían, golpeando
de lleno sobre mi coño empapado, llevándome cada vez más allá. Ahora
eran cada vez más fuetes y más rápidos, pero no me importaba. Empecé a
buscar el contacto del cinturón tanto como el de la cuerda, aunque
casi no era capaz de coordinar movimientos.
Me temblaban las rodillas. Los gemidos de placer se habían convertido
en auténticos gritos. La bola de la mordaza me llenaba la boca y la
saliva resbalaba cada vez más por las comisuras de mis labios. La
sentía deslizarse por mi cuerpo, mojándome el cuello y el pecho.
Seguía gimiendo y temblando cuando los azotes pararon.
Una orden de mi dueño me indicó que debía dejar de frotarme contra la
cuerda. Lo intenté pero seguía estremeciéndome y, con cada temblor,
volvía a sentir el roce que me llevaba un poco más allá. En un par de
minutos, dejé de sentir la cuerda en el coño y mis brazos y piernas
quedaron libres de las barras separadoras. Los brazos cayeron inertes
a los lados del cuerpo y las rodillas me fallaron. Mi señor me levantó
en brazos y me acurruqué contra su pecho. El calor de su cuerpo
desnudo resultaba reconfortante, me hacía sentirme querida, mimada,
apreciada. Se recostó contra la cabecera de la cama, cómodamente
sentado, y me mantuvo sobre sus rodillas. Encajé un brazo en su
costado, apoyé la cabeza sobre su hombro y descansé.
Disfruté del momento. Me encantaba, estaba llena de su olor y su calor
y ni siquiera tenía que moverme, sólo tenía que permanecer acurrucada
contra él. Con cuidado desató la mordaza y me sacó la bola de la boca.
Tragué saliva mientras respiraba hondo y movía la mandíbula como
podía.
Casi no necesité moverme para empezar a besar a mi amo y a lamerle el
cuello en señal de agradecimiento. Me abracé a la cintura de mi señor
mientras él me acariciaba la espalda. Me relajaba, al tiempo que se
las arreglaba para mantenerme excitada. Estaba cansada, pero no quería
que acabase. Al parecer, mi señor tampoco tenía ganas de parar.
Me tumbó sobre la cama y me estiró los brazos hacia atrás para atarme
las muñecas juntas y sujetarlas al cabezal de la cama. Era metálico.
Recordaba que me había fijado en él nada más entrar en la habitación,
me encantaba el forjado. Automáticamente me agarré a uno de los
barrotes mientras mi amo me ataba las piernas. Me obligó a separarlas
tanto como pude y sus manos se deslizaron por la parte interior de mis
muslos, subiendo desde los tobillos y forzándolos un poco más, hasta
el límite. Luego me ató los pies a las patas de la cama. Intenté
moverme un poco, sólo para ver hasta qué punto estaban tensas las
ataduras. No tenían mucho margen, sólo un par de centímetros, pero por
lo menos estaba cómoda. La almohada parecía blanda y tenía la altura
perfecta, y la colcha resultaba deliciosamente fresca contra mi piel
caliente. Me gustaba. Me froté ligeramente contra ella, disfrutando
del contacto.
- ¿Te has quedado a gusto, perrita mía? Eso espero, porque a partir de
ahora tienes prohibido correrte hasta que yo te lo permita. Quiero que
me avises cuando estés a punto del orgasmo. ¿Lo has entendido, puta? -
Sí, amo. No me correré sin permiso-
Mientras contestaba, uno de los dedos de mi señor se clavó en mi
coño. Se me escapó un gemido de placer. Seguía estando empapada y
demasiado sensible. Instintivamente me arqueé contra él y el dorso de
su mano se apretó contra mí, frotándome el clítoris. Contuve otro
gemido mientras me daba cuenta de lo que buscaba mi amo y me pregunté
si sería capaz de aguantarme. Hasta el momento, nunca había tenido que
contener un orgasmo. Era una experiencia nueva y no estaba segura de
que fuera a gustarme. La mano de mi señor me abandonó y suspiré, no
estoy segura de si aliviada o decepcionada. Volví a relajarme sobre la
cama, sin saber demasiado bien qué esperar, hasta que me llegó el
sonido de un zumbido mecánico. Entonces recordé el vibrador que había
dejado sobre la mesa un par de horas antes. Tragué saliva, sabía que
lo que venía a continuación iba a gustarme mucho, pero no tenía nada
claro que pudiera evitar correrme. El volumen descendió hasta
desaparecer mientras esperaba. Tensé el cuerpo, atenta al primer roce,
que no llegó.
El tiempo pasaba lentamente mientras esperaba. Los segundos, más que
pasar, se arrastraban, parecían eternos. Suponía que era una
estupidez, porque cuanto más tardase en tocarme, más tardaría en
correrme, al menos eso pensaba. Y sin embargo no era así. Cuanto más
esperaba más excitaba me sentía. Algo frío y vibrante me rozó el
clítoris durante un momento y desapareció otra vez. El tacto de aquel
pene de goma era mucho más frío del o que esperaba, pero sentir cómo
mi amo me acariciaba con él, el saber que era él el que lo usaba…
Mi señor jugaba con el consolador frotándolo apagado contra mi coño,
empapándolo con mis jugos y luego acariciándome las piernas con él. Lo
encendía y lo rozaba contra el clítoris, acelerando la velocidad al
máximo. Lo apretaba contra la entrada de mi vagina, sin dejar que
entrara, y lo dejaba allí un rato, casi apagado, vibrando a un ritmo
cansino. A veces se apartaba y lo dejaba encendido, con la base
apoyada en la cama y encajado verticalmente en mi coño. Cada roce era
más electrizante que el anterior. Después de haber alcanzado el clímax
cinco minutos antes creía que iba a aguantar más, pero no podía.
Intenté todo lo que se me ocurrió para mantenerme fría. Respiré
profundamente, tratando de relajarme, pero sólo sirvió para que las
caricias de mi amo me afectasen más, para que sintiera cada roce con
más intensidad. Traté de pensar en alguna otra cosa, en alguna
situación que fuera cualquier cosa menos excitante. Tampoco dio
resultado, no conseguí hilvanar más de dos pensamientos seguidos.
Antes de poder darme cuenta estaba retorciéndome sobre la cama, con
las manos aferradas al cabeza, intentando esquivar el vibrador. O
quizás buscándolo. Realmente no lo sabía, pero en todo caso no era
capaz de dejar de moverme. De suspirar pasé a gemir y antes de poder
darme cuenta supe que si no paraba pronto de acariciarme no iba a
tardar mucho en alcanzar mi segundo orgasmo.
-Voy a correrme, amo, voy a correrme-. Empecé a repetirlo una y otra
vez. Las palabras escapaban de mi boca sin que pudiera evitarlo.
- ¿Que vas a hacer qué, zorra?- su voz sonaba gélida. Hacía mucho
rato que no la oía en aquel tono.
- ¿Quién te ha dado permiso, perra?
- Nadie, amo. Nadie me ha dado permiso.
- Entonces, ¿qué es lo que vas a hacer, guarra?-.
Parecía distante y se me hacía raro sentirme a mí misma tan caliente
por lo que él estaba haciéndome y escuchar su voz en aquel tono, como
si a él no le afectase. No dudé a la hora de responderle. Tenía la
impresión de que realmente no estaba haciéndome una pregunta y que
sólo había una respuesta posible, por mucho que me costase.
- Lo siento, señor. No voy a correrme-
. Las palabras me salían entrecortadas. No sabía cómo iba a conseguir
realizar aquella hazaña, y mi dueño había escogido precisamente aquel
momento para clavarme el vibrador hasta el fondo. Era imposible,
completamente imposible, que no llegase al clímax en cuestión de
segundos. Pero él no tenía ganas de que el juego terminase tan pronto.
El consolador entró y salió en un solo movimiento, y se quedó fuera.
El motor se apagó, y cuando dejé de oír el zumbido, se hizo el
silencio en la habitación. Lo único que escuchaba era el sonido de mi
respiración mientras mi cuerpo seguía temblando sobre la cama.
Poco a poco empecé a relajarme otra vez, lo justo para dejar de gemir
y de retorcerme, pero aún así no dejaba de estremecerme. La calma no
duró mucho. Esta vez el vibrador no se limitaba a jugar fuera de mí.
Mi señor lo empujaba dentro, unas veces hasta el fondo y otras poco
más que unos centímetros. A veces lo movía como si quisiera
clavármelo, metiéndolo y sacándolo con fuerza, y otras se limitaba a
un suave balanceo. Con el tapón bien metido en el culo, me sentía
completamente llena. Se rozaban dentro de mí, y cada movimiento del
vibrador hacía que me sacudiera, Otra vez empecé a acompañar sus
movimientos con el cuerpo, pero no era capaz de hacerlo de forma
satisfactoria, su ritmo cambiaba demasiado y demasiado a menudo.
- Por favor, amo. Por favor, amo. Por favor-.
Sabía que dependía de él. Si no volvía a parar pronto, no había forma
humana de que yo pudiera contenerme mucho más
. - ¿Por favor qué, perra?-.
Seguía sonando distante, pero también ligeramente divertido-.
Tienes ganas de correrte, ¿verdad? Es una auténtica pena que tengas
que aguantarte, pero no tienes permiso, puta.
Intenté resistir un poco más, pero era inútil. Otra vez gemía y me
retorcía sobre la cama, suplicando. Me abandonaba al placer cuando
volvió a dejar de tocarme. Esta vez me costó mucho más tranquilizarme.
Me sentía sudorosa, pegajosa, y tenía el coño tan mojado que me
empapaba las piernas. Volvió a la carga en cuanto volví a estar
relativamente tranquila. Esta vez jugaba con el tapón anal. Lo sujetó
por la base y tiró de él con suavidad, pero sin aflojar la tensión
hasta que empezó a salir. Resultaba algo incómodo, pero no tanto como
yo esperaba. Al mismo tiempo, volvió a meterme el vibrador hasta el
fondo, haciéndolo funcionar a toda potencia.
Durante un rato mi señor jugó con las dos pollas, frotándolas una
contra otra a través de la membrana que las separaba. Hacía que uno
entrara mientras el otro salía o los metía y los sacaba juntos. La
tortura duró un buen rato. Me excitaba hasta hacerme suplicar, hasta
que conseguía que le rogara que me permitiera correrme, retorciéndome
y aferrándome a las cuerdas me sujetaban las muñecas. Luego se paraba
y esperaba a que me enfriara un poco para volver a empezar un poco
después excitándome más y más rápido.
Durante una de estas pausas me pareció notar un olor extraño, a algo
que se quemaba. Lo descarté, pensé que debía venir de fuera y, a pesar
de que seguía sintiéndolo, lo ignoré. Sin embargo, no tardé en darme
cuenta de que no era así. El tapón anal volvía a estar firmemente
instalado en mi culo y el vibrador, apagado, ocupando totalmente mi
vagina, esperaba a que mi señor volviera a utilizarlos cuando un
chorro de algo caliente cayó entre mis pechos. Recordé el olor a
quemado y supuse que había una o varias velas encendidas sobre la
mesilla.

lunes

Preparándome para ti...



Pocas cosas hay que me gusten mas que prepararme para ti mi querido Amo, buscar con esmero la ropa, los zapatos, entrenar mi cuerpo, estimular mi mente ...






Me gusta, me seduce jugar a que esta vez haré cosas que nunca antes hemos hecho, por ejemplo practicar nuestro morbo en publico, dejar salir nuestra complicidad y mi vergüenza ante gente que sin saberlo participa de lo nuestro, eso me enciende con la misma intensidad que me hace temblar por eso se que tendrá un doble placer para los dos; primero porque me convierte en alguien mas tuyo y después porque voy doblegando mi pudor para que puedas disfrutar de usarme cuando gustes.





Este es un camino donde a medida que avanzo voy descubriendo cuanto de ti hay en mi y viceversa, a veces soy yo la que me insinúo otras me dejo guiar por tus vicios y soy solo un simple juguete a tu disposición para que hagas con el lo que quieras.




A tus pies y encantada de estar
tu perra alexia{All}

jueves

Relato 4ª Parte

El relato 4ª Parte



Por un instante no reaccioné, y luego adelanté la cabeza, tensando la
cadena tanto como podía. Sentía la necesidad imperiosa de demostrarle
que podía complacerlo. Me aterraba que no me considerase capaz de
hacerle gozar y decidiese rechazarme. Tiré de la cadena con más fuerza
y noté cómo iba cediendo poco a poco, centímetro a centímetro.
Demasiado despacio para lo que yo necesitaba en aquel momento. Saqué
la lengua, ansiosa de encontrar la polla de mi amo y de tenerla en la
boca lo antes posible. Al primer contacto con su carne que me quemaba
la recorrí hasta la punta. Necesité levantarme tanto como pude. Mi
dueño es un hombre alto y yo soy más bien bajita. Su polla estaba tan
erecta que casi se levantaba en vertical. Resultaba complicado poder
metérmela en la boca con comodidad y sin molestarle. El anuncio de que
sólo me quedaban tres minutos me hizo acelerar. Con un esfuerzo, me
metí y me saqué la verga de la boca cada vez más rápido, manteniendo
siempre la punta entre los labios. La frotaba con la lengua, tratando
de llegar un poco más lejos. Era demasiado grande para mí, no era
capaz de metérmela del todo en la boca. En cualquier otro momento
habría solucionado el problema usando las manos en la parte que mi
boca no podía abarcar, pero ahora mi única opción era usar la lengua.
Cuando ya no pude meterla y sacarla de la boca más rápido, la dejé
deslizarse fuera y luego volví a hacerla entrar, lentamente, tan
dentro como puede, y succioné cada vez con más fuerza sin dejar de
acariciarla con la lengua. Lo hice una y otra vez, cada vez con más
intensidad. No me quedaba tiempo y ahora empezaba a preocuparme la
posibilidad de no complacerlo. No me preocupaba el castigo. No.
Miento. El castigo me preocupaba, pero lo que realmente me daba miedo
era la posibilidad e no satisfacer a mi amo. Faltaba menos de un
minuto para que el tiempo terminase cuando mi señor puso las manos en
mi cabeza. Se limitó a dejarlas allí, pero era el estímulo que
necesitaba para hacer el último esfuerzo. Mis movimientos se hicieron
más rápidos y más urgentes, hasta que le oí gemir. El sonido me
pareció maravilloso, me hizo desear gemir yo también. Sin embargo, me
limité a retroceder un poco en el momento en que la leche de mi dueño
me llenaba la boca. La saboreé con fruición, reteniéndola un momento
sobre la lengua para que el sabor se volviera más intenso. Era el
sabor del placer de mi amo y el sentirlo me hacía sentir poderosa, a
pesar de ser yo la que se encontraba arrodillada y humillada. Después
limpié cuidadosamente su polla con la lengua. Aún después de haberse
corrido, seguía estando dura. Su contacto me llenaba, me hacía sentir
relajada. Me parecía extraño lo cómoda que me sentía en aquel momento
y en aquella situación. Pero todo lo bueno se acaba y un par de
minutos después mi amo se apartó de mí sin previo aviso. Sin necesidad
de verlo, casi pude intuir su sonrisa.
- Medio minuto, puta. Te has pasado treinta segundos. Eso supone
treinta castigos. Uno por cada segundo de retraso. ¿Estás lista para
aceptarlo?
- Merezco cada uno de esos castigos, amo. Esta puta no es nadie para
retrasar el placer de su dueño-.
Ahora las respuestas salían sin necesidad de que me parase a pensar,
sólo eso me hizo darme cuenta de lo mucho que había cambiado desde el
momento en que le había respondido por primera vez. En aquel momento
me sentía realmente suya. Un tirón de la cadena me indicó que debía
levantarme, pero no fui capaz de hacerlo. Con las manos atadas a la
espalda y la barra e madera separándome las piernas no me quedaba
margen para darme impulso. Esperaba algún comentario sarcástico, o tal
vez que se quedara esperando a que lo consiguiera, así que me
sorprendió sentir cómo me abrazaba, levantándome con cuidado. Antes de
que pudiera abrir la boca para agradecerle el gesto, sus labios se
pegaron a los míos. Sus manos seguían alrededor de mi cintura y él iba
haciendo el beso cada vez más profundo. Me pegué a su cuerpo todo lo
que pude y le correspondí de la forma que había estado deseando desde
hacía mucho, mucho rato. Su sabor era intoxicante, cálido, y por una
vez estaba permitiendo que el contacto fuese tan pleno como yo
deseaba. Separé los labios en cuanto su lengua los rozó, dejándole el
espacio justo para que entrara. Tocó mis dientes, forzándome a abrirla
un poco más, y luego fue directo a por mi lengua. El beso se volvió
húmedo y cada vez más apasionado. Sus manos subieron y bajaron por mis
brazos para luego sujetarme por las caderas y apretarme con fuerza
contra su cuerpo. Tanto que las pinzas de mis pezones quedaron
aprisionadas entre los dos, ajustándose aún más y hundiéndose en mis
pechos. Me derretí cuando sus dedos se metieron entre mis nalgas y
empezaron a jugar con la base del tapón. Al ritmo que me indicaba, me
retorcía contra su cuerpo. Habría dado cualquier cosa por no tener los
brazos atados a la espalda y poder abrazarle. Lentamente se separó de
mí. Primero fue su lengua la que salió de mi boca. Luego se detuvo a
acariciar mis labios y, para cuando quise darme cuenta, me encontraba
de nuevo completamente sola. Mi cuerpo temblaba. Tenía la impresión de
que si sus caricias hubiesen durado un poco más me hubiera corrido.
Estaba tan caliente que mis jugos se deslizaban por mis piernas, cada
vez más abundantes. Era tan evidente que él debía haberlo visto hacía
un buen rato. Se colocó a mi espalda y me desató las muñecas.
Aproveché el momento para intentar desentumecer los hombros. Los
sentía doloridos después de haber pasado tanto tiempo inmovilizados en
una posición incómoda. El alivio duró poco. Mi señor me levantó la
mano derecha y la ató a una barra de madera. Por el tacto supuse que
era redonda, e imaginé que sería igual que la que me separaba las
piernas. No hizo falta que me lo ordenara, en cuanto soltó mi mano
derecha levanté la izquierda a la misma altura. En menos de dos
minutos volvía a estar completamente inmovilizada. La barraba estaba
sujeta a mis muñecas y pasaba por detrás de mi cuello, dejando mis
dedos libres. La opción más cómoda parecía ser la de apoyar la barra
sobre los hombros, así que adopté la postura y esperé. Casi al momento
sus dedos me sujetaron la cara forzándome a separar las mandíbulas. Me
obligué a mí misma a abrir la boca aún más en cuanto me di cuenta de
que estaba intentando meter algo redondo dentro. No necesitaba verlo
para saber lo que era, había visto docenas de fotos en las que otras
chicas llevaban mordazas como aquella. Irracionalmente lo primero que
me pregunté fue de qué color sería. Me obligaba a mantener la boca
abierta y la lengua encogida detrás de ella si no quería hacerme daño.
Con aquella bola en la boca sería completamente incapaz de hablar. Lo
intenté y el resultado fue una especie de gruñido ininteligible y mi
boca llenándose de saliva. Saliva que no pude tragar, lo que volvió la
situación todavía más incómoda. Algo suave me rozó el culo. Me
sobresaltó. Fuera lo que fuera, no era lo suficientemente rígido como
para ser la fusta.
- ¿Quieres saber lo que es, puta? ¿Te apetece saber con qué voy a
castigarte por ser una guarra mamona?
Sin recordar la mordaza intenté contestar. Sin embargo, la bola no
sólo impidió que emitiese ningún sonido coherente, sino que hizo que
la boca se me llenase todavía más de saliva. Incapaz de hablar, asentí
con la cabeza, y entonces noté como parte de la saliva empezaba a
resbalar entre la comisura de mis labios. El hilillo de baba se
deslizó por mi barbilla hasta acabar entre mis pechos. De alguna forma
comprendí que él sabía que aquello pasaría y que lo había provocado.
Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, durante
un momento realmente deseé marcharme. No me sentía como un ser
racional, tenía la impresión de ser poco más que un animal, atada en
una posición incómoda, con lo ojos vendados desde hacía tanto tiempo
que hacía un buen rato que había perdido todo sentido de la
orientación, amordazada, babeándome y esperando que me castigaran,
pinzada y con un pene de plástico llenándome el culo. Había una señal
de emergencia a la que podía recurrir, un gesto de mi mano derecha que
podría haberme sacado de aquella situación en un par de minutos.
Estaba a punto de hacerla cuando mi amo me besó los párpados por
encima de la venda y me lamió las mejillas con dulzura mientras me
colocaba el pelo apartándomelo de la cara. Un gesto mínimo, pero el
gesto que me hizo quedarme. En el fondo estaba disfrutando de aquello,
me sentía incapaz de marcharme
- Va a ser con esto, zorrita mía. Disfrútalo bien antes de que empiece-.
En cuanto lo toqué supe lo que era. Era un cinturón de cuero, liso,
suave. Colocó uno de los extremos entre mis dedos y recorrí toda su
longitud palpándolo, comprobando la suavidad de su tacto. Era
agradable. Me preguntaba si sería mejor o peor que ser azotada con la
fusta. La hebilla era metálica, completamente lisa. Me estremecí al
tocarla. Seguía tocándolo cuando noté como cogía la cadena que unía
las pinzas de mi coño. No fue un tirón brusco, pero hacía que la
tensión creciera poco a poco, sin pausa. Los labios a los que estaban
unidas las pinzas se estiraban poco a poco a medida que subía la
presión, hasta que deseé poder gritar. Siguió tirando sin prisas
mientras yo gemía detrás de la mordaza. La primera de las pinzas saltó
y casi al mismo tiempo lo hizo la siguiente. Me recorrió una sensación
de dolor agudo, punzante, y creo que esta vez el grito sí fue audible
por debajo de la mordaza. Sin darme tiempo a reponerme, tiró de las
pinzas de los pezones, repitiendo la jugada. También aquí las pinzas
saltaron en un par de minutos, dejándome jadeante y llorosa.

Pensaba que el castigo iba a limitarse a eso y a los azotes, pero el
sonido de un par de sillas siendo arrastradas por el suelo de madera
me dejó claro que no sería tan simple. Por el sonido, deduje que había
colocado una de las sillas frente a mí y la otra detrás. Tenía
verdadera curiosidad, y la intriga fue a más cuando colocó una cuerda
entre mis piernas. Era una cuerda delgada y suave. Al principio la
noté a la altura de la rodilla, luego mi amo empezó a tensarla y fue
subiendo hasta acabar encajada en mi coño, no tanto como para que me
molestara, pero sí lo suficiente para rozarme el clítoris y
provocarme. Entendí que para eso había colocado las sillas, para
sujetar la cuerda mientras me azotaba.
- No te has corrido desde que llegaste, ¿verdad, perra?-.
Negué con la cabeza. Había estado a punto un par de veces, pero no
había terminado de llegar y él lo sabía-.
Muy bien, putita mía, eres una perra obediente. Esto es lo que vas a
hacer ahora. . Puedes notar la cuerda en tu coño, ¿verdad?-.
Asentí, ansiosa por saber qué venía a continuación-

miércoles

Cuando estamos liadas


Cuando tengo la cabeza llena de dudas y todo se me hace un lío increíble dentro de esta cabecita mía ,suelo usar un truco: llamo a una amiga, en este caso era algo relacionado con mi querido Amo así que he decidido chatear con una buena amiga que le conoce y habla maravillas de el, ha sido todo un bálsamo recuperar mi norte, ver que suelo ahogarme en un pequeño vaso de agua y después de reírnos un rato de la vida, vuelvo a verlo todo del mismo color que es en realidad, uno que tiene mil matices y no el drástico color oscuro que da a todo nuestras incapacidad de sopesar los pro y los contra, creo que no existe nada mas grande que volver a ver la luz de la mano de quien nos aprecia, por eso doy las gracias a todos los que de alguna manera ponen el hombro para que otros puedan apoyarse y recuperar otra vez la serenidad. Porque hoy soy yo y mañana puedes ser tu.


Gracias de todo corazón.

martes

El relato 3ª parte


Su voz sonó directamente detrás de mí, pero algo alejada, como si se
hubiera separado para ver mejor cómo le obedecía. La orden era más
difícil de cumplir de lo que parecía. Con las piernas tan abiertas,
doblar las rodillas sin caerme de golpe resultaba complicado, además
no podía mover los brazos para equilibrarme.

Doblé las rodillas tanto como pude y luego me incliné hacia delante, dejándome caer. El impulso
fue excesivo y acabé totalmente postrada, apoyada sólo en las rodillas y la frente, con las manos a la espalda y totalmente humillada y expuesta ante la mirada de mi amo. Arrodillada, mis piernas quedaban
todavía más abiertas. Tanto que me dolía. La impresión me sacudió
hasta tal punto que casi olvidé que mi señor estaba mirándome desde algún lugar de la habitación y no pude pensar en nada que no fuese mi cuerpo.
En lo fría que resultaba la madera contra mi frente; en lo
duro que parecía el suelo bajo mis rodillas; en el dolor que me torturaba las ingles… Respiré lentamente, me concentré en el aire que entraba y salía de mis pulmones tratando de relajarme todo lo posible.
Moví la cabeza para colocarme en una postura un poco más cómoda y un
destello de luz logró entrar bajo la venda que me cubría los ojos.
Apenas duró un segundo, pero el resplandor casi me deslumbró. Por un
momento me pregunté qué estaba haciendo en aquella habitación de
hotel, lejos de todo lo que podía asociar a mi vida diaria, colocada
de forma humillante para el placer de un hombre al que realmente no conocía. La voz de mi amo que volvía a hablarme impidió que siguiera pensando.
- No pensaba a hacer esto todavía, perra, pero ya que has tenido el detalle de colocarte en la postura adecuada, tu castigo va a tener que retrasarse un poco-
. Estaba casi segura de que iba a follarme en aquella posición, y
cuando su polla empezó a deslizarse dentro de mi vagina todo indicio
de pensamiento racional volvió a desaparecer. Suspiré y volví a
entregarme a las sensaciones. Al dolor que sentía en mis piernas y al
intenso placer que su verga me causaba al entrar en mí. En la posición
en la que me encontraba, resultaba prácticamente imposible que me
moviera, pero aún así hice lo imposible por balancear las caderas y
acompañarlo mientras entraba y salía de mí. No duró mucho. Después de cuatro o cinco movimientos largos y profundos, mi coño se quedó vacío
sin previo aviso. Medio minuto después, una ligera presión en mi ano
me advirtió de lo que iba a pasar a continuación. Me resigné a lo
inevitable. Después de todo me tenía completamente a su merced y sabía
que cualquier intento de resistencia podría merecer un severo castigo.
No olvidaba que todavía tenía uno pendiente, no tenía ganas de
buscarme otro tan pronto. Entró suavemente, con empujones firmes y
lentos. El ligero dolor que sentí mientras empezaba a penetrarme
desapareció en pocos minutos. Luego, el golpeteo de sus huevos contra
mi coño y sus idas y venidas dentro de mí se volvieron
sorprendentemente placenteras. Casi inconscientemente, empecé a
intentar frotarme contra él. Cada embestida llegaba un poco más
adentro que la anterior y me arranca un nuevo gemido. Mi cuerpo se
contorsionaba tratando de intensificar el contacto, de acercarme más
al calor que sentí detrás de mí, esquivo y deliciosamente tentador,
cada vez más placentero. Me perdía en el ritmo que él me marcaba. En
sus movimientos había siempre un algo impredecible que me impedía
seguirlo perfectamente. Avanzaba y retrocedía más rápido o más
despacio, haciendo que yo llegase siempre un poco antes o un poco más
tarde. Ese ligero desajuste me provocaba, me incitaba a buscar una
cadencia perfecta que él me impedía alcanzar, creando en mi mente una
sensación de frustración cada vez más intensa. De nuevo me abandonó
sin aviso previo y sin dar explicaciones, dejándome sólo con la
sensación de ausencia a mi espalda y de mi culo todavía abierto,
esperándolo. Un ligero tirón de la cadena unida a mi collar de perra
me dio el impulso suficiente como para que pudiese incorporarme sobre
las rodillas. Sus manos en mis caderas me levantaron y me guiaron
mientras me obligaba a girarme sobre mí misma. Me di cuenta de que
estaba completamente desorientada. En el tiempo y en el espacio. Por
mucho que me esforzaba, era incapaz de adivinar sobre qué parte de la
cama estaba haciendo que me apoyara. Mi oscuridad seguía siendo
completa y, aunque no me había movido demasiado desde que mi amo había
entrado en la habitación, sí había sido suficiente como para que
hubiese perdido las referencias.
Me forzó a arrodillarme junto a la cama y luego a inclinarme hacia
delante hasta apoyar la cara sobre la colcha. Estaba fría.
- Ahora sí, perra. Ahora es desobediente culito tuyo va a recibir el
castigo que se merece-.
Su voz era tan fría que me asustó. No por lo duramente que fuera a
castigarme o porque pudiera hacerme auténtico daño. Confiaba en que
fuera severo, es más, una parte de mí incluso lo deseaba, pero creía
que no sería más estricto de lo que exigía mi error. Es decir, era
consciente de que lo que fuera que tenía pensado hacerme iba a
dolerme, y posiblemente bastante, pero de alguna manera me hubiera
sentido mejor si hubiera encontrado un rastro de emoción en su voz.
Hacía menos de medio minuto me había sodomizado hasta hacerme perder
el control de mí misma, estaba casi segura de que no se había corrido,
pero lo que no podía entender era que su voz no pareciera siquiera
agitada. Me estremecí mientras agradecía para mis adentros que mi cara
fuera la única parte de mi cuerpo que se apoyaba sobre la cama. Sabía
que si me obligaba a descargar todo mi peso sobre las tetas iba a
costarme contenerme y no gritar por la presión de las pinzas.
Sin embargo, a continuación pasó un brazo bajo mi cintura y me
levantó en el aire mientras con la otra mano me tiraba del pelo, con
una presión constante que me hizo forzar la postura hasta arquearme.
Cuando empezó a bajarme, lo hizo obligándome a mantener la posición.
Esta vez, la primera parte de mi cuerpo que tocó la colcha fueron los
pezones. Grité cuando terminó de dejarme caer de golpe. Permanecía
quieta, jadeante y llorosa.
- Amo-.
La palabra se escapó de mis labios una y otra vez, a medio camino
entre un gemido y un sollozo. No dejé de gemir mientras mi amo seguía
moviéndome sobre la cama, situándome de tal forma que mi culo terminó
perfectamente expuesto y a su disposición y mis pechos aplastados al
máximo contra la cama
- .- Amo-.
La palabra se escapaba de mis labios una y otra vez, como una
letanía. No sabía si en realidad le estaba suplicando que parara o que
siguiera, lo único que realmente necesitaba era sentir la palabra,
saborearla, escucharla. Su dedo sobre mis labios me hizo volver a
guardar silencio.
- Sshhh, zorrita. Calla. No quieres que tenga que amordazarte, ¿verdad?
- - No amo, no tendrá que hacerlo-.
Sus dedos se deslizaban entre mi pelo. El gesto, inesperadamente
suave, hizo que realmente deseara entregarle todo cuanto quisiera de
mí.
- Ahora voy a castigarte, perrita. Sabes que te lo mereces y voy a ser
duro contigo porque tienes que aprender a obedecer. Necesitas saber
cómo comportarte y que los errores se pagan. Vas a entregarme todo tu
dolor y vas a estar contenta de hacerlo porque es lo que tu amo quiere
de ti, ¿verdad?-
. Me movía casi imperceptiblemente, siguiendo con la cabeza el
movimiento de su mano.
- Mi dolor es suyo, amo. Le suplico que me castigue como merezco.
Una de sus manos cayó con fuerza sobre mi nalga derecha mientras
seguía inclinado sobre mí, acariciándome. Ahogué un gemido fruto más
de la sorpresa que del dolor. Esta vez su voz sonó como un susurro
dulce junto a mi oído.
- A partir de ahora, perrita mía, no quiero oírte pronunciar una sola
palabra más. Puedes gemir si quieres, pero en cuanto oiga una sola
palabra te amordazo.
No me atreví a asentir, así que me limité a agitar la cabeza. La
mordaza me daba pánico. Por sí sola no me parecía especialmente
temible, pero unida a la venda en los ojos y a las ataduras en los
pies y en las manos… Era la restricción que faltaba, y solo por eso me
parecía también la peor. Sus labios en mi mejilla y una última caricia
en la espalda y luego sentí de nuevo cómo se alejaba.
Algo frío se apoyó contra mi ano y empezó a presionar. En el primer
momento pensé que era lo mismo que me había metido al principio, pero
a medida que seguía empujando me di cuenta de que estaba equivocada.
Era demasiado ancho, y a pesar de que ya no estaba tan cerrada como al
principio, estaba costándole entrar. Recordé el tapón anal que y misma
había colocado sobre la cómoda y supe que era eso lo que estaba
penetrándome. Lo había tenido entre las manos y me había preguntado
qué sentiría cuando lo tuviera dentro. Ahora mi señor estaba
empujándolo dentro de mí. Al principio, la sensación no resultaba
desagradable. Notaba cómo iba entrando, con una presión lenta y
constante. Me sentía cada vez un poco más llena, algo más abierta con
cada embestida. Mis gemidos también se volvían cada vez más intensos a
medida que el tapón iba entrando. De pronto, la presión cesó y algo
azotó con fuerza mi nalga derecha. Fue un golpe seco, duro, pero no
especialmente fuerte. Supe que mi señor estaba haciendo que probara la
fusta, otro de los juguetes que yo misma había puesto a su
disposición. Apreté los dientes mientras ahogaba un gemido y recibía
un segundo azote en la nalga izquierda. La azotaina continuó durante
un buen rato. Cada nuevo golpe caía sobre un trozo de piel que todavía
no había sido castigado, calentando cada pedazo de carne. Me picaba.
Escocía cada vez más, a pesar de que la intensidad de los goles se
mantenía constante y no era demasiado fuerte. Imagino que si pudiera
verme a mí misma desde fuera me vería el culo completamente rojo. Me
costaba cada vez más contenerme para no decir nada ni agitarme
demasiado. Deseaba hablar con todas mis fuerzas, suplicar como fuera,
a pesar del miedo que me daba la mordaza. Estaba a punto de rendirme
cuando los azotes cesaron y mi señor volvió a aplicarse al tapón anal.
Disfruté del alivio momentáneo que me produjo el que cesaran los
azotes y la agradable sensación de aquella polla de plástico
penetrándome. Moví las caderas adelante y atrás al ritmo que él me
marcaba, tratando de admitirla dentro de mí tanto como fuera posible.
Jadeé cuando tuve la impresión de que ya no podía entrar más. Pensé
que aquello acabaría allí, pero estaba equivocada. A pesar de que yo
pensaba que sería imposible, mi dueño aumentó la presión hasta
conseguir que el tapón siguiese entrando, milímetro a milímetro. Me
retorcía sobre la cama, sin saber demasiado bien si quería facilitar o
impedir la invasión y olvidando totalmente las pinzas de los pezones.
Mis gemidos se convirtieron en una queja continua. Me aliviaba. El
dolor en mis pechos y mi culo era soportable pero cada vez más
intenso. Mi mente trataba de concentrarse en cada una de las
sensaciones que mi dueño estaba provocándome. Un dedo penetró en mi
vagina, proporcionándome un momento de alivio glorioso. Deseé poder
pedirle que no parase, que siguiese distrayéndome de la extraña
sensación que me provocaba el tapón. Me arqueé, levantando más el culo
y metiendo el dedo tan dentro de mí como podía. Suavemente, mi amo
recorrió toda la longitud del pene de plástico, frotándolo desde el
interior de mi vagina. Repitió el movimiento, esta vez sacando
ligeramente el tapón para volver a meterlo con fuerza, llegando cada
vez un poco más lejos. La suavidad de sus movimientos en mi coño no
tenía nada que ver con los empujones cada vez más bruscos en mi culo.
Me preguntaba cuánto más podría entrar. Cuánto más podría admitir yo y
cuánto quedaría fuera. Esperaba que no fuera mucho y al mismo tiempo
deseaba más. Otra vez, sus manos volvieron a alejarse de mí de golpe.
Sabía que el respiro sería sólo momentáneo y no tenía claro qué podía
venir después. No me molesté en preocuparme por lo que me esperaba y
me dediqué a disfrutar del momento de calma. Mi respiración no había
terminado de tranquilizarse cuando la fusta volvió a caer sobre m
culo. Esta vez golpeaba sobre carne que había calentado previamente.
Los golpes eran más fuertes, o al menos eso parecía. Cada azote
escocía más que el anterior. Se sucedían con un ritmo pausado,
constante, como si estudiase mi culo detenidamente, eligiendo de forma
caprichosa sobre qué parte de mis nalgas iba a dejar caer la fusta. De
pronto me encontré a mí misma buscando el contacto, levantando las
caderas, ofreciéndome a mi señor. El último azote fue especialmente
duro. Golpeó con toda su fuerza al mismo tiempo que empujaba el tapón
anal hasta conseguir introducirlo totalmente dentro de mí. Luego sus
manos recorrieron mis nalgas acariciándolas, apretando más en las
zonas más coloradas, o al menos eso me parecía, recorriendo con la
punta de los dedos el contorno del tapón anal. Por primera vez desde
que todo aquello había empezado me di cuenta de que realmente deseaba
estar así. Me sentía bien. Estaba disfrutando de la presión de las
pinzas en mis pechos, de la sensación del tapón anal llenándome,
deseaba poder ver qué aspecto tenía allí, inclinada sobre la cama con
el culo rojo en alto. Si hubiera podido, me hubiera encantado poder
mirar a mi señor a los ojos y sonreírle, demostrarle lo agradecida que
me sentía porque me hubiera hecho sentir así. No tenía permiso para
hablar, así que me limité a intentar demostrárselo gimiendo y
arqueándome bajo sus manos como una gata mimosa. Sus manos subieron
pronto hasta mi cara, apartándome el pelo de la frente. Aproveché para
girar la cara y besarle los dedos. No se me ocurría otra forma de
demostrarle mi agradecimiento por un castigo que merecía y que había
descubierto. Sus manos en mis hombros me sujetaron y me ayudaron a
levantarme. Mis rodillas protestaron, después de pasar tanto rato
apoyada sobre ellas. Me besó y sus labios me parecieron maravillosos,
suaves, cálidos y ligeramente húmedos. El roce de su lengua me
sorprendió y me abandonó antes de que tuviera tiempo siquiera de
intentar corresponderle.
Sujetándome por las caderas me obligó a moverme hacia atrás. Me
sentía patosa, dando pasitos tan cortos y rápidos como me permitía la
barra que tenía entre las piernas y sin poder ver hacia donde iba.
Pronto me encontré sentada sobre una silla de madera, con la espalda
erguida y las manos agarradas a los barrotes en un gesto inconsciente.
La madera estaba deliciosamente fría contra mi piel y apretaba el
tapón metiéndolo aún más dentro de mí. Permanecí inmóvil, con la
espalda erguida y la cabeza levemente inclinada, esperando. De nuevo
se hizo el silencio. Forcé mis sentidos intentando captar cualquier
sonido, por minúsculo que fuese, que me indicara lo que estaba
pasando, pero no me sirvió de nada. Lo único que me llegó fueron los
gritos y las risas de un grupo de niños que jugaban en alguna parte
fuera del edificio. En aquella situación, el sonido parecía una enorme
incongruencia. La vista tampoco me servía de nada. A través del
pañuelo que me cubría los ojos sólo me llegaba oscuridad, no se
filtraba luz, estaba demasiado bien ajustado. Me resigné a la idea de
esperar y me relajé. Pensaba que aquellos minutos a solas me
enfriarían, que conseguirían que la excitación que me llenaba
desapareciera o, por lo menos, disminuyera, pero no fue así. Mi cabeza
no dejaba de dar vueltas a las sensaciones que me habían sacudido
desde el momento en que había entrado en aquella habitación. Y lo que
vendría después. Sobre todo que podría pasar después. La expectación,
la ignorancia de lo que iba a ocurrirme en unos minutos estaba
llevando a mi mente a crear docenas de posibilidades, cada una más
excitante que la anterior. Me sentía húmeda. Tanto, que estaba segura
de que mis jugos estaban empezando a mojar la madera del asiento. Me
ruboricé al pensar que en aquella posición, con las piernas
completamente abiertas y el coño recién depilado, mi excitación
resultaba evidente. Sólo tenía que mirarme para saber exactamente cómo
me sentía en aquel momento. Su voz, llegando desde algún lugar frente
a mí, me sobresaltó. Siguiendo sus órdenes me levanté como pude, con
torpeza. El sonido de la cadena unida a mi collar de perra,
repiqueteando con cada uno de mis movimientos, me resultaba
inquietante. Se repetía una y otra vez. Lo provocaba cualquier
movimiento de mi cuello o de mis hombros, por mínimo que fuera, y no
sabía cómo impedirlo. No estaba unida a nada, pero el repiqueteo de
los eslabones me hacía sentir más sometida que cualquiera de las
ataduras que mi señor me había impuesto hasta aquel momento. Me quedé
de pie, esperando que me indicara cuál debía ser mi próximo
movimiento, tratando de no moverme para no escuchar el sonido metálico
de la cadena. Esta vez no me hizo esperar demasiado. Sentí el tirón de
la cadena en mi cuello y otra vez avancé como pude. La barra que me
separaba las piernas sólo me permitía dar pasos muy cortos, así que me
veía obligada a dar muchos muy cortos si quería seguir el ritmo que mi
señor me marcaba. Un tirón más fuerte que los anteriores me hizo caer
de rodillas. Con el impulso me incliné hacia delante. No lo dudé y me
dejé llevar hasta apoyar la frente en el suelo. Su mano dando
palmaditas en mi cabeza me dejó claro que mi señor aprobaba el gesto.
Sonreí, agradecida, y me arqueé hacia él. Sus manos en mis hombros me
ayudaron a volver a incorporarme y en seguida sus dedos acariciaron mi
cara. Suspiré, disfrutando de la sensación. Sólo sus manos me tocaban,
pero de alguna forma podía sentir su calor y su presencia, como si
todo su cuerpo estuviera apretándose contra el mío.
- Ahora, putita mía, vamos a jugar un rato. Quiero que me demuestres
lo que sabe hacer esa preciosa boquita de perra mamona que tienes, ¿de
acuerdo?
- Sí, amo-.
Me apresuré a asentir, tratando de no parecer tan impaciente como me
sentía. Hasta el momento, sus caricias habían sido siempre escasas y
frustrantes, y mi señor no me había permitido tocarle. Estaba deseando
poder hacerlo. Acariciarlo, besarlo, hacer que jadeara de placer,
demostrarle lo feliz que me sentía de ser suya y de estar allí con él.
- Estoy convencido de que sabes cómo hacerlo, putita, así que vamos a
ponerlo más interesante, ¿de acuerdo?-
. Sus manos seguían en mi pelo mientras hablaba.
- Sí, señor. Como mi amo desee-.
Realmente no me preocupaban mucho las condiciones que fuera a poner.
Lo único de lo que era consciente era de que en un par de minutos iba
a tener su verga en la boca. La quería, y la quería ya.
- Muy bien, perra. Lo que vamos a hacer es esto. Quiero correrme, y
quiero hacerlo en catorce minutos justos. Ni uno más ni uno menos. Yo
iré indicándote cómo vas de tiempo y recibirás un castigo por cada
segundo que te pases o te quedes corta. ¿Queda claro, puta?

Lo entiendo, señor, haré lo posible porque sean catorce minutos-
. Me preguntaba si realmente sería capaz de afinar tanto, pero estaba
convencida de que por lo menos disfrutaría intentándolo.
Delicadamente, me apartó el pelo de la cara y lo colocó detrás de las
orejas. Situó la cadena de forma que cayera por el centro de mi
espalda, pasando entre mis nalgas y con el extremo descansando en el
suelo. Tirando de las cadenas que unían las pinzas de mis pezones y mi
coño me obligó a incorporarme sobre las rodillas. No pude evitar un
grito ahogado. Dolía. Casi había conseguido acostumbrarme a las
pinzas, hacía un buen rato que sólo las recordaba cuando hacía un
movimiento brusco, pero ahora mis pezones y mi coño palpitaban de
dolor. Los sentía enormes, como si tuviesen tres o cuatro veces su
tamaño normal. Esperé arrodillada, tratando de que mi respiración se
tranquilizara lo antes posible. No tuve mucho tiempo antes de que mi
señor volviera a dirigirme la palabra. "Catorce minutos, zorra".
Esperé un par de segundos y luego empecé a moverme, disfrutando de la
idea de que, pasase lo que pasase después, durante el próximo cuarto
de hora la verga de mi amo sería mía. Adelanté la cara despacio,
buscando su polla con delicadez. La rocé con la mejilla y avancé sobre
las rodillas para alcanzarla con más comodidad. Pensé que tenía tiempo
por lo menos para empezar con calma, así que dediqué un momento a
explorar la polla de mi señor. La recorrí frotándola con la cara,
disfrutando de ella. Estaba dura y formaba un ángulo recto con el
cuerpo de mi dueño. La notaba muy, muy caliente contra mi piel, casi
seca en la base y mojada y pegajosa en la punta. Me pareció
espléndida, larga y ancha, y supe que iba a tener que hacer un
esfuerzo si quería metérmela en la boca. Me mojé los labios y la
recorrí con besos breves y mimosos antes de sacar la lengua y
recorrerla en toda su longitud. Su sabor me invadió, salado,
ligeramente amargo, y me hizo desear más. Oí la voz de mi señor
avisándome de que habían pasado los dos primeros minutos, pero no le
hice demasiado caso. Todavía tenía tiempo para saborearla un rato. Una
y otra vez deslicé la lengua desde la base hasta la punta y de
vuelta. En cada pasada la sentía más mojada, más caliente y un poco
más dura. Al llegar a la punta me detenía invariablemente para
llevarme a la boca las primeras gotas de semen. Resultaba intoxicante.
Besé y lamí hasta que la verga de mi amo estuvo completamente empapada
con mi saliva. Entonces y sólo entonces me la metí en la boca. Sólo un
poco al principio, para dejarla salir casi enseguida. Sin detenerme
inicié un movimiento de vaivén, llegando cada vez un poco más lejos y
frotándola con la lengua mientras entraba y salía. Cinco minutos. El
tiempo pasaba demasiado rápido para mi gusto. Me la metí en la boca,
tan profundamente como pude y succioné. Me esforzaba por hacerlo con
calma, por refrenarme, aunque lo que realmente deseaba era probarla
toda a la vez, disfrutar de cada uno de los sabores y de las texturas
de su piel al mismo tiempo. Mi boca se abría tanto como podía para
acoger a mi señor con toda la delicadeza posible, rodeando su polla
con mis labios húmedos, evitando lastimarla con los dientes.
Lentamente me deslicé hacia atrás, dejando que mi lengua se demorara
unos segundos sobre su piel. Aproveché para respirar hondo un segundo
y para tragar saliva. Lo siguiente fue dejarme caer sobre los talones
y acurrucarme todo lo posible entre las piernas de mi dueño. Desde
allí, tanteando con la lengua, busqué sus huevos. Retrocedí un poco y
abrí la boca todo lo que pude antes de volver a subir, intentando que
entraran todo lo posible. Me deleité chupando y lamiendo tanto como
podía. Mi lengua se estiraba hasta asomar fuera de los labios. La voz
de mi amo me anunció que me quedaban sólo seis minutos. Sonaba
tranquilo. Tanto, que empecé a preocuparme. Desde luego, no quería que
se corriese en ese preciso momento, pero esperaba que en algún momento
empezase a jadear, incluso algún que otro gemido. Algo que por lo
menos me permitiera hacerme una idea de cuál era su grado de
excitación. Tampoco podía dejar de preguntarme qué pensaría de mi
aspecto en aquel momento. Al pensarlo, por un momento me sentí tan
avergonzada que estuve a punto de pararme. Aún así, la imagen que
recreaba mi mente no dejaba de excitarme, medio desnuda, con las
cadenas colgando de mi coño y mis pezones, las piernas abiertas al
máximo por la barra separadora, los brazos atados a la espalda
impulsando mis pechos hacia delante, resaltando las pinzas que
torturaban los pezones, el pelo sobre la cara, caído por encima de la
venda que me tapaba los ojos, chupando aquella verga como si en aquel
momento no hubiera nada más, como si no pudiera imaginarme a mí misma
haciendo ninguna otra cosa. Menos de seis minutos. Pensé que era el
momento de empezar a darme prisa. Una parte rebelde de mí deseaba
oírle gemir, reclamar una pequeña porción de poder sobre mi amo,
demostrarle que podía darle placer. Aparté la cara de los huevos de mi
señor para volver a meterme su polla en la boca. Sin embargo, antes de
que pudiera alcanzarla con la lengua, un tirón de la cadena me obligó
a inclinar la cabeza hacia atrás. Por un momento me quedé sin
respiración. Por unos minutos me había olvidado totalmente de mi
collar de perro.
¿¿Eso es todo lo que sabes hacer, zorra' Eres una perra bastante
inútil. No me estoy excitando nada, puta, y como sigas así tu castigo
va a ser memorable. Vas a tener que aprender a mamarla, puta


All

lunes

El relato 2ª Parte



El movimiento del dedo me enloquecía, me hipnotizaba. Me volqué en el ritmo que me marcaba. Arqueaba las caderas tratando de meterlo todo lo posible dentro de mí, apretando los músculos de la vagina para sentirlo más. Y luego otra vez el sabor intoxicante llenándolo todo.
Una y otra vez. Me excitaba más y más. Su simple movimiento al entrar
y salir me causaba una comezón creciente, un hambre que aumentaba por
momentos y que no me permitía satisfacer. Y luego se detuvo,
desapareció, me dejó jadeando, recostada sobre la cama. Empezaba a
preguntarme qué iba a pasar a continuación cuando empezó a atarme los
tobillos a las patas de la cama. Me abrió las piernas tanto como pudo,
arrastrándome más hacia el borde. A continuación fue en las rodillas
donde sentí las cuerdas La presión aumentó, abriéndome incluso más, y
me di cuenta de que me tenía completamente a su disposición. Con las
piernas atadas a la cama y los brazos a la espalda, mis movimientos
quedaban limitados de forma drástica. El tacto de algo frío
expandiéndose sobre mi pubis me aclaró sus intenciones. Iba a
rasurarme. Era algo que pensaba haber hecho yo, pero que mi amo me
había prohibido expresamente. Ahora sabía por qué. A ciegas y sin
posibilidad de moverme, mi fobia por las cuchillas se disparó. Contuve
la respiración con la primera pasada del metal sobre la parte más
sensible de mi cuerpo. Respiré profundamente cuando la cuchilla
terminó su recorrido. Me llevó unos minutos acostumbrarme a la
sensación del metal en mi piel. Mi cuerpo se paralizaba cada vez que
iniciaba una nueva pasada, esperando cada vez que su mano resbalara
por cualquier motivo. Cuando pensé que por fin había acabado volvió a
cubrirme de espuma y aplicó la cuchilla de nuevo. Me recorría una y
otra vez y en cada una de ellas sentía deseos de estremecerme.
Permanecí inmóvil hasta que por fin sentí el tacto de una toalla
limpiándome la espuma de entre las piernas. Oí sus pasos alejándose
mientras me hablaba.
- Mastúrbate, zorra .
- Quiero ver cómo lo haces.
La idea tardó en entrar en mi cabeza. Por un momento no recordé que
podía desatarme las manos sin ayuda. Haciendo un esfuerzo giré sobre
mi costado derecho y me esforcé por deshacer el nudo corredizo que
ataba mi mano izquierda. Si hubiera estado sentada no habría tenido el
más mínimo problema, pero tumbada y con las piernas inmovilizadas la
cosa cambiaba. Por fin mi mano quedó libre y en un par de minutos más
las cuerdas descansaban a mi lado, sobre la colcha. Encogí los hombros
mientras movía los brazos hacia delante, disfrutando de un relativo
sentimiento de libertad por primera vez en bastante tiempo. Coloqué
las dos manos sobre mi vientre. Una subió para perderse debajo del
sujetador, mientras la otra exploraba la sensación de mi sexo recién
depilado. Estaba mojada y me sentía terriblemente caliente, pero mi
piel se mantenía fría. Supuse que sería por la espuma y me dediqué a
disfrutar del libre acceso de mis dedos al clítoris. Gemí. Mis pezones
estaban duros, los pellizqué suavemente y empecé a retorcerme sobre la
cama. Los gemidos eran cada vez más continuos y mis dedos en mi sexo
se movían cada vez más rápido. Sólo las cuerdas que me sujetaban los
tobillos y las rodillas, manteniéndome completamente abierta me
recordaban mi situación cuando mis movimientos sobre la cama eran
demasiado bruscos. Estaba muy cerca del orgasmo, y cuanto más excitada
me sentía más me costaba recordar dónde y con quién estaba.
- No tienes permiso para correrte, zorra. Sólo quiero ver lo puta que eres.
Su voz sonaba muy cerca de mí. Creí sentir su aliento contra mi
mejilla, pero no estaba segura. Instintivamente, mis hombros se
echaron hacia atrás. Me arqueé levantando los pechos, tratando de
abrir las piernas un poco mas, entregándome a él tanto como podía.
Deseaba sentir sus manos sobre mí, que me permitiera el inmenso placer
del roce de sus labios, pero no me atrevía a pedirlo. Me esforcé en
tratar de que mis movimientos fueran más pausados, tratando de evitar
un orgasmo inminente. Sabía que no podía correrme, pero también era
consciente de que estaba llegando a ese punto en el que el roce más
suave puede desencadenar todo un alud de sensaciones. Empecé a
desesperarme, deseando que me ordenase parar… o correrme… o algo.
Cualquier cosa mejor que seguir como estaba en aquel momento. No pude
contener un estremecimiento de placer. ¿Qué me haría si me corría sin
su permiso? ¿Cómo me castigaría? La duda me había asaltado una y otra
vez durante los últimos días. Casi deseé dejarme llevar, disfrutar de
mi orgasmo y descubrirlo de una vez. Gozarlo o sufrirlo por fin en mis
propias carnes y no tener que seguir torturándome con la incógnita.
Apreté los dientes para contener un grito. Al momento, uno de sus
dedos me acarició los labios.
- La boca abierta, putita. Nunca debes cerrarla delante de tu dueño.
Besé su dedo y enseguida mis labios se entreabrieron con un jadeo. No
iba a poder aguantar sin correrme, estaba segura. Acarició mis labios
y poco a poco su dedo fue entrando en mi boca. Rozó los dientes, la
lengua, y siguió avanzando tan adentro como pudo. Lo toqué
delicadamente con la punta de la lengua. Primero una simple
exploración de prueba y luego, cuando vi. que no parecía haber
repercusiones, largas y suaves caricias, tratando de demostrarle lo
mucho que me alegraba de que se dignase a permitirme ser su zorra. Mis
caricias en el clítoris se iban volviendo más y más lentas y empecé a
desviarlas discretamente hacia zonas menos comprometidas. Trataba de
retrasar el placer todo lo posible, pero me sentía como una cuerda tan
tensa que no admitiría la más mínima presión sin romperse. Y de pronto
todo aquello cesó. El dedo salió de mi boca y, con un movimiento
brusco, me separó las manos del cuerpo. La frustración me recorrió al
mismo tiempo que me llenaba de alivio. Respiraba hondo, tratando de
relajarme, de tranquilizarme lo suficiente para volver a prestar
atención a lo que pasaba a mí alrededor. Mi señor volvía a guardar
silencio. No le oía hablar, pero tampoco captaba ningún otro sonido
que pudiera indicarme lo que estaba haciendo. De pronto, un tirón en
una de las cuerdas que me sujetaban a la cama me hizo ser consciente
de nuevo de su presencia.
En un par de minutos estaba de pie, con las piernas abiertas y las
manos a la espalda, esperando su próximo movimiento.
Múltiples posibilidades cruzaban mi mente, cada una más preocupante
que la anterior, más atractiva, más deseable. Ató cuatro trozos de
tela ancha y fría a mis muñecas y tobillos. Podía sentirla incluso a
través de las medias, el contacto suave y constante, teóricamente
inofensivo, pero un recuerdo más de mi sumisión a él.
Sentí un roce en mis caderas y la falda se deslizó suavemente hasta
el suelo. El sujetador la siguió en pocos segundos.
Sentí frío. Un azote cruzó mis nalgas. Fue un golpe rápido, duro, no
especialmente doloroso, pero lo suficiente severo como para hacerme
volver a la tierra. Me obligó a avanzar un par de pasos y me ató las
manos a la espalda. Mientras lo hacía su polla me rozaba ligeramente
el culo. La notaba dura, tensa, húmeda, pero el contacto era siempre
insuficiente, como si fuese casual, como si ni siquiera notase el roce
de mis dedos ni que yo estaba allí. Después de las manos empezó con
los pies.
Sorprendida, noté como sujetaba mi pie derecho a una barra. No sé por
qué, pero tuve la impresión de que era madera. Me obligó a separar más
las piernas. Las abrí todo cuanto pude, pero aún así me forzó a
separarlas unos centímetros más.
Por un momento pensé que iba a romperme por la mitad. Intente mover
una pierna y me di cuenta de que era prácticamente imposible, apenas
era capaz de avanzar más de unos pocos centímetros con cada paso. Me
sentí incómoda, patosa, expuesta, y opté por permanecer lo más quieta
posible. Me asustaba la posibilidad de acabar rodando por los suelos,
o peor, de caer de frente y no poder frenar la caída. Algo frío en mi
ano desvió mi atención de la barra de madera. Crema, pensé. La
extendió sobre mi agujerito y luego empezó a meterme un dedo. La
sensación me gustaba.
Era mi amo penetrándome, aunque sólo fuese con un dedo en mi culo. El
dedo salió y volvió a entrar con más crema, lubricándome, abriéndome
con lentos movimientos giratorios.Pronto salió de mí, y su lugar lo
ocupó algo rígido.
Me tensé con el primer contacto, pero no tardé en darme cuenta de que
era un objeto largo y estrecho y me había lubricado bien. Apenas sí
suponía una pequeña molestia. Me relajé.
- Sujétalo, zorra. Si se te cae, me veré obligado a castigarte, y eso
no te gustaría-.
Su voz era tranquila, razonable. Conseguía que cualquier intento de
desobedecer pareciese una tontería.
-Lo sujetaré, amo-.
Parecía sencillo y estaba decidida a no fallarle.
Una repentina presión en mi pezón derecho me obligó a contener un
grito. El dolor era intenso. No sabía qué tipo de pinzas estaba
usando, pero estaba convencida de que no eran como las que yo
utilizaba cuando me ordenaba hacerlo. Yo solía usar pinzas para el
pelo muy pequeñas, con tres o cuatro dientes que se me clavaban en la
carne. El resultado era la sensación de que una boca fría me mordía,
pero estas eran distintas. La presión era más intensa, menos aguda y
punzante, pero de alguna forma más continua, más profunda, me llegaba
más adentro. Me tensé esperando la segunda pinza. Esta vez estaba
preparada para el dolor, pero no contaba con la cadena que las unía.
Era pesada y tiraba de mis pezones hacia abajo, estirándolos y
tensándolos. La sentía fría sobre la piel, larga, los eslabones
rozando mi piel casi hasta la altura del ombligo. La sujetó y dio un
tirón seco. Sentí como si me arrancara los pezones. Grité. Sus manos
suaves acariciándome los pechos aliviaron el dolor. Me arqueé buscando
aumentar el contacto y de pronto sentí como si el tubito que tenía en
el culo se saliera un par de centímetros. No estaba segura de si de
verdad se habría salido o si sería sólo una falsa impresión. Por si
acaso, apreté el esfínter tratando de retenerlo. El resultado fue el
contrario al que pretendía. No sólo no pude contenerlo sino que esta
vez sí se había salido un poco. El pánico me invadió. No podía dejar
de preguntarme si mientras estaba concentrada en las pinzas se habría
salido más de lo que yo pensaba. Me di cuenta de que el problema era
que estaba demasiado lubricada y el tubo era demasiado estrecho y
liso. Resbalaba sin que yo pudiese evitarlo.
Una tercera pinza torturó uno de mis labios vaginales.
Todo mi cuerpo se contrajo de dolor. Nunca había usado las pinzas allí
y la impresión era mucho más fuerte de lo que esperaba, dolía bastante
más que en los pezones. Sabía que me faltaba por lo menos otra y deseé
que sólo fuese esa y de momento mi clítoris quedase fuera del juego.
Me estremecí y el tubo se salió del ano un poco más. La cuarta pinza y
el peso de la cadena que la unía a su pareja. Se me escapó otro grito
ahogado, aunque esta vez ya lo esperaba. Lo que me sobresaltó fue más
la impresión que el dolor. Deseé poder verle la cara. Necesitaba
mirarle mientras me colocaba y me adornaba como él deseaba. Le había
entregado mi cuerpo como sumisa y sabía que me causaría dolor además
de placer. Me había entregado a él de forma voluntaria y deseaba que
se sintiera orgulloso de poseerme. Necesitaba entregarme a él,
proporcionarle tanto placer como pudiera. Mi señor me había asegurado
que aprendería a disfrutar del dolor tanto como del placer, que
realmente llegaría a disfrutar del hecho de saber que sufriría para
él, que mi amo se sentía satisfecho de verme gemir y retorcerme.
Deseaba mis reacciones, mi entrega, y yo estaba deseando dárselos,
pero no podía dejar de temer al dolor, de desear resistirme y
evitarlo, aunque hasta el momento no era demasiado intenso. Lo que me
asustaba era más la angustia por lo que podía llegar más tarde que lo
que realmente estaba sintiendo en aquel momento. Si por lo menos
pudiera mirarle, contemplar sus reacciones… La oscuridad empezaba a
molestarme.
Me besó las mejillas y me acarició el pelo en un gesto tranquilizador.
Susurró palabras casi dulces junto a mi oído mientras seguía
acariciándome. Atesoré el momento: el sonido relajante y cálido de su
voz, el roce suave de sus labios y sus manos. Deseé que no parara
nunca, que aquel placer dulce y sosegado durara siempre.
Un último beso cayó sobre la punta de mi nariz justo cuando mi señor
empezaba a jugar con las cadenas que unían las pinzas. Tirones
fuertes, suaves, largos, cortos. Primero de una, luego de otra, muchas
veces de las dos juntas, cambiando el ritmo una y otra vez. El dolor
era mucho menor ahora. Mis pezones empezaban a acostumbrarse a las
pinzas y la sensación intensa del principio estaba convirtiéndose en
una molestia que sólo me angustiaba realmente con los tirones más
fuertes. Sorprendentemente, las que menos me molestaban eran las
pinzas del coño. Me relajé todo lo que pude y me entregué al ritmo que
me marcaba. Le seguí girándome y balanceándome siguiendo la pauta que
me marcaba. El tubito se salió un poco más de mi culo y en un impulso
reflejo apreté los músculos tratando de retenerlo. Otra vez el
esfuerzo fue en vano. El pánico me invadió y contraje el esfínter más
y más mientras el tubo se deslizaba irremediablemente fuera de mí. Mis
esfuerzos por evitarlo se volvieron frenéticos hasta que mi mundo se
paralizó cuando lo sentí definitivamente fuera. El sonido que hizo al
rebotar en el suelo de madera y la creciente sensación de vacío en mi
ano me provocaron un profundo sentimiento de frustración, de fracaso,
de impotencia… Nunca sospeché que un sonido tan insignificante pudiera
hacerme sentir tan pequeña. Un golpe sordo, el sonido del objeto al
golpear contra el suelo y luego el ruido de algo redondo moviéndose en
el suelo. Y supe que había fallado. Muy dentro de mí tuve la impresión
de que él lo había preparado a conciencia para que no pudiera
retenerlo, pero aún así la sensación de fracaso no disminuyó. Esta
vez, el tirón de las pinzas me hizo gritar de sorpresa y de dolor.
- ¿Se ha caído, zorra?- su voz me pareció más fría, más amenazadora.
- Le suplico que me perdone, amo. Lamento haber fallado-.
Incliné la cabeza y deseé poder arrodillarme, pero no sabía si él
tenía todavía las cadenas en las manos. Si las tenía… bueno, no quería
pensar en lo que podía pasar si las tenía y yo me dejaba caer sin más.
- ¿Y sabes lo que va a pasar ahora, perra?
- Le ruego que castigue a su puta por no haber sido capaz de cumplir
sus órdenes, señor-.
Respiré hondo antes de decirlo, pero no pude evitar el temblor de mi
voz. Sus dedos apretaron una de las pinzas de mis pezones y otra del
coño, retorciéndolas en un movimiento rápido y brusco. Ahogué un
grito.
- Castígueme amo. Por favor, castigue a esta zorra como se merece por
no ser capaz de satisfacer a su dueño-.
Esta vez hablé tan rápido que casi me comía las palabras. Otro tirón
de las pinzas y ya no pude seguir hablando. Me limité a ahogar un
grito ya a balancearme ligeramente.
- Arrodíllate perra, no mereces estar de pie-

Gracias por estar


Por hacerme sentir acompañada mientras dejo salir un poco lo que siento,
ahora toca prepararme para un nuevo encuentro, uno donde existe la posibilidad de volver a tratar de darnos lo que guardamos dentro y luego despedirnos por un buen tiempo,
porque mi querido Amo vuelve a irse de viaje , esta vez toca esperar por varios meses y de verdad admiro todo lo que hace, por eso valoro tanto que vuelva a mi, sentirle otra vez con su risa brillante y sus ojos llenos de luz y de deseo, no me sentiré nunca merecedora de todo lo que me da, tal vez porque yo soy así, pero eso no importa la verdad lo único realmente genial es que de alguna forma especial, ambos hemos creado una manera de estar en contacto y sentir que seguimos unidos para seguir cada uno donde le corresponde , seguiré publicando su relato porque necesito volver a centrarme en recrearme en sus deseos y en los míos, pasare de vez en cuando para entre texto y texto dejar mis sensaciones porque a veces necesito dejar salir de mi esta voz pequeñita que desea encontrar luz o compañía.

Besitos de canela y nuevamente gracias por compartir este pequeño lugar junto a mi...