viernes

Relato de All


Todo mi cuerpo se puso en tensión cuando oí el sonido de la puerta al
abrirse. Mis ojos trataron de ver en la oscuridad a través del pañuelo
que los cubría, pero fue inútil.
Escuché sus pasos cuando entró en la habitación y luego la puerta al
cerrarse. Deseé poder ver su expresión la primera vez que me mirara,
pero sabía que a aquellas alturas del juego sólo vería lo que él
quisiera que viera y sentiría lo que él deseara hacerme sentir. Mi
respiración se aceleró a medida que lo intuía más y más cerca.
Esperaba que me hablara, que me tocara… algo. Pero no lo hizo.
Empezó a moverse por la habitación sin dar muestras de haber notado
mi presencia. El silencio y la espera, la inactividad, empezaban a
crisparme. Llevaba un buen rato inmóvil y a ciegas en la postura en la
que él me había ordenado esperarle. Sentada en el borde de la cama,
con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. Un sujetador
negro dejaba mis pechos casi al descubierto y me había recogido la
falda hasta permitir que mi culo descansara directamente sobre la
colcha. No llevaba bragas, pero un juego de bolas chinas llenaba mi
coño y la anilla que permitía extraerlas colgaba entre mis piernas,
enfundadas en medias negras sujetas por un liguero. Un collar de cuero
negro, con la placa sin grabar, rodeaba mi cuello, y la
correspondiente cadena colgaba a mi espalda.
Se acercó y me rozó un pezón metiendo los dedos por dentro del sujetador.
Fue una caricia rápida, insatisfactoria que acabó con un pellizco,
como si la hiciese sólo para recordarme su presencia. Luego volvió a
alejarse y empecé a escuchar sonidos a mí alrededor. Plásticos,
papeles, puertas y cajones que se abrían y se cerraban. Me esforcé por
tratar de adivinar qué estaba haciendo en cada momento. Era una forma
de aliviar la oscuridad que me invadía. Supuse que estaba
desempaquetando los objetos que me había ordenado traer.
La fusta, las pinzas, el vibrador y el tapón anal estaban
adecuadamente colocados sobre la mesa según sus instrucciones, bien
alineados y empaquetados.
Pero por muy meticuloso que fuese, aquellos juguetes no justificaban
el tiempo que les estaba dedicando ni explicaban parte de los ruidos
que escuchaba. Me preguntaba con qué pensaba sorprenderme, qué Durante
años, fantasías de sumisión habían ocupado mi mente. Había necesitado
un amo que me enseñara el verdadero placer de la entrega, que
canalizase mi placer, mi dolor, mis deseos más ocultos, y nunca había
creído que lo encontraría. Pero entonces él había aparecido y yo había
absorbido cada una de sus palabras. Había obedecido cada una de sus
órdenes y cumplido los castigos que me había impuesto en la distancia.
Tenía una forma extraña de adelantarse a mis deseos, de descubrirme
nuevos matices que quizás no habrían llegado a conocer por mi misma.
Al cabo de unas semanas, mi mayor deseo y mi mayor temor era acudir a
él. Entregarle tanto placer y tanto dolor como pudiese desear de mí.
Una sombra de miedo estaba presente en cada uno de los pasos que daba
hacia él. Cuando tenía tiempo para pensar, las dudas llenaban mi
mente, cuestionaba mis deseos, mis necesidades, mis certezas. Las
noches se llenaban de momentos en los que mi cuerpo se desesperaba por
estar con él y mi mente juraba que no volvería a contestar a una sola
de sus llamadas. En el fondo, siempre fui perfectamente consciente de
que, si él decidía llamarme, no podría dejar de resistirme. Y por fin
la llamada llegó, sorprendiéndome cuando menos la esperaba. Los
últimos días antes de acudir a él fueron frenéticos. Al principio me
invadió la indecisión. Pensé en poner alguna excusa, en resistirme, en
abandonar aquel juego de una vez, en renunciar de una vez a todas mis
fantasías, pero no pude. Después de días de romperme la cabeza, por
fin llegó la calma. Aún no sé cómo tomé la decisión. Sólo supe que
debía intentarlo, que no podía renunciar a mi sumisión incluso antes
de mi primera sesión real. A partir de ese momento me invadió una
extraña sensación de irremediabilidad, como si todas las decisiones
estuvieran tomadas y fueran irrevocables. Localizar la mayor parte de
las cosas que él me había ordenado llevar a la cita fue sencillo. El
problema llegó en el momento de buscar las que sólo podía encontrar en
un sex-shop. Nunca había entrado en ninguno y era algo que me daba
bastante reparo. Él lo sabía perfectamente y por eso me lo había
exigido. Sólo conocía dos, uno en cada punta de la ciudad. El primero
en un barrio de las afueras y el segundo en una de las calles
comerciales del centro. Mi primera opción fue el de las afueras.
Aparqué el coche unos metros antes de llegar y caminé por la acera
mirando los escaparates. Por lo que yo podía recordar era un lugar
discreto, sin nada escandaloso en el escaparate que llamase la
atención sobre el tipo de establecimiento que era hasta que te
fijabas. Llevaba meses sin pasar por aquella calle y mi sorpresa fue
mayúscula cuando encontré una tienda de ropa de bebé en el lugar en el
que antes se encontraba el sex-shop. Me quedé de pie delante del
escaparate, con la mirada clavada en los baberos bordados con ositos y
conejitos de peluche mientras un par de señoras mayores salían de la
tienda y me saludaban con sonrisa de complicidad. Mis pensamientos no
podían estar más lejos de aquella tienda. Lo único que se me venía a
la cabeza era que no me quedaba más remedio que intentarlo en el otro,
en el que tenía más posibilidades de que algún conocido me viera
entrar o salir. Me consolé pensando que a aquellas horas sería difícil
que me hubiera mucha gente en aquella zona y volví a meterme en el
coche. Aquel sí estaba abierto. Lo sabía de sobra. Todas las semanas
pasaba frente a él por lo menos una vez. Era una calle peatonal y tuve
que dar un largo paseo antes de llegar. Miles de pensamientos cruzaban
mi cabeza a toda velocidad. Una y otra vez me decía a mí misma que lo
mejor que podía hacer era dar media vuelta y olvidarlo todo, pero no
me sentía capaz de hacerlo. De alguna manera seguí andando y cuando
llegué ante la puerta giré para entrar sin pararme a mirar siquiera si
estaba abierto. En cuanto entré respiré aliviada. Una vez dentro, me
sentía relativamente a salvo. No era el lugar oscuro y siniestro que
me había imaginado. Estaba completamente pintado de blanco, iluminado
con focos blancos que le daban un aspecto completamente aséptico, pero
ni aún así se disimulaba lo pequeño del lugar. Frente a mí se
alineaban tres estanterías con películas de vídeo. En el centro del
local ocupaban el lugar protagonista dos vitrinas cerradas. Después de
un par de segundos me atreví por fin a dar un paso adelante y mirar
con más calma. Mientras avanzaba hacia las vitrinas un hombre se
escabulló hacia el fondo del local, pasando junto al mostrador en el
que un hombre de unos cuarenta años, con aire de aburrido, leía una
revista. Levantó la vista para mirarme un momento y, sin dedicarme más
que un minuto, volvió a centrarse en su lectura. No esperé más y me
camuflé detrás de una vitrina mientras empezaba a buscar lo que
necesitaba. Eché un primer vistazo. Miré, pero realmente no vi. lo que
había tras el cristal. En un primer momento sólo me fijé un montón de
detalles de esos que se regalan en las despedidas de solteros:
biberones con la tetina en forma de pene, bandas con un par de tetas
estratégicamente colocadas… pero estaba demasiado nerviosa. Tuve que
volver a mirar antes de ver realmente lo que se exhibía. Colocados uno
junto al otro había una amplia colección de vibradores. Varias
docenas, de formas, tamaños y colores diferentes. Algunos, incluso,
eran sólo un soporte al que podían aplicarse distintos accesorios. Los
estudié durante unos minutos, preguntándome cuál debería llevarme. No
estaba segura de cómo lo querría mi señor, y no sabía si yo sería
capaz de admitir alguno de aquellos enormes penes. Por fin me decidí
por uno de tamaño medio, con la forma y el color de un pene natural.
Busqué la forma de abrir la vitrina y cogerlo, pero no tardé en darme
cuenta de que estaba cerrada con llave. Dirigí una mirada fugaz hacia
el encargado y me ruboricé mientras me hacía a la idea de que tendría
que pedírselo. Retrasé el momento todo lo posible mientras trataba de
localizar el resto de las cosas que necesitaba. En la parte más baja
de la segunda vitrina encontré el tapón anal. Esta vez sólo había dos
modelos para elegir y, al menos para mí, la elección era bastante
evidente. El primero no era muy largo, pero tenía una anchura
considerable. A primera vista parecía tenía un aspecto bastante
amenazador, negro, sólido, hasta cierto punto agresivo. Me costaba
pensar que sería capaz de aceptarlo en mi interior. El segundo,
colocado junto a él para que el posible comprador pudiera comparar y
elegir sin dificultad, era más delgado, aunque también más alargado.
En principio, este último habría sido mi elección, pero su color rosa
brillante y la purpurina que lo cubría me hicieron desistir. Estaba
dispuesta a permitir que me sodomizaran, pero en ningún caso con un
tapón anal rosa. Seguía buscando en el interior de la vitrina cuando
un hombre y una mujer entraron en la tienda. Por su conversación, no
tardé en deducir que eran dos compañeros de oficina buscando un regalo
para un amigo común que se casaba en pocos días. Encontré la fusta que
necesitaba entre una selección de lencería de cuero, pero acabé
desistiendo de encontrar por mí misma el resto de los objetos que
necesitaba. Hice acopio de toda la calma y la indiferencia que pude
atesorar y me acerqué con paso firme hacia el encargado. "Perdone, ¿le
importa…? No hizo falta que dijera más para que el hombre se levantara
llave en mano y se acercara a la vitrina. Me sonrió y me preguntó qué
modelo quería. Le devolví la sonrisa como pude y le indiqué el que
había elegido. Estaba a punto de dirigirse hacia la caja registradora
cuando le indiqué que también deseaba algo del segundo expositor.
Localizó el tapón anal y, antes de darme la fusta me informó
amablemente de que también tenía látigos en el almacén. Le agradecí el
detalle, pero le aseguré que con la fusta era suficiente. En ese
momento, mientras nos dirigíamos al mostrador, me di cuenta de que los
dos oficinistas habían dejado de buscar su regalo y no me quitaban ojo
de encima. Fingí indiferencia y con todo el aplomo del mundo pregunté
al encargado si tenía bolas chinas. No sólo tenía, sino que me
permitió elegir entre cinco modelos diferentes, ante la atenta mirada
de los dos de la despedida de solteros. Seleccioné un juego de cinco,
plateadas y de un tamaño medio y, dispuesta a completar mi lista de la
compra, pregunté por las existencias de collares. Esta vez tuve que
elegir el que prefería en un catálogo mientras el encargado, en un
alarde de amabilidad, me preguntaba si era para mí y me indicaba cuál
era el que creía que me sentaría mejor. Finalmente llegué a la
conclusión de que, si iba a lucir el collar para un hombre, era bueno
seguir el criterio de un hombre, y le hice caso. Me llevé uno negro,
no demasiado ancho, con un dibujo de pequeñas estrellitas plateadas y,
una placa sin grabar en el centro y un enganche para la cadena junto a
la hebilla. En cuanto empaquetó todas mis compras me di la vuelta,
sonreí a los dos oficinistas, pasé entre ellos y salí por la puerta
con paso firme. Aguanté el tipo hasta que llegué a la esquina y
entonces suspiré, me relajé y me encontré a mi misma temblando.
Un pellizco en un pezón y el roce de su lengua en mi mejilla me
devolvieron a la habitación del hotel. Pensé que esta vez sí iba a
hacerme caso, pero de nuevo me equivocaba, no estaba dispuesto
todavía, aunque por momentos dejaba lo que quiera que estuviera
haciendo y se acercaba a mí. Volví a intentar seguir sus movimientos.
Cada vez que lo oía acercarse mi cuerpo se tensaba, se arqueaba hacia
él suplicando su contacto. Nunca se paraba mucho.
Respiraba sobre mi cuello, jugueteaba con la anilla de las bolas
chinas, lamía mis mejillas o rozaba cualquier parte de mi cuerpo. La
caricia nunca duraba mucho y siempre me dejaba con ganas de más.
Empezaba a sentirme impaciente de verdad. Me molestaba el pañuelo
sobre los ojos, me picaba la nariz, los hombros empezaban a tirarme de
tener las manos atadas a la espalda. Y estaba perdiendo el sentido del
tiempo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí sentada, sin moverme ni hablar?
¿Cuánto hacía que él había entrado? Y sobre todo, ¿cuándo pensaba
empezar a hacerme caso? Sin previo aviso se paró frente a mí y por
primera vez me dirigió la palabra.
- Estás aquí porque quieres ser mi esclava, pero de momento no tengo
nada claro que te lo merezcas. De momento no eres nada más que una
puta perra y te voy a tratar como a una puta perra hasta que me
demuestres que te mereces algo más. ¿Está claro?
Su tono de voz sonaba entre despectivo e indiferente, pero me sentí
tan aliviada de escucharle que contesté casi antes de que terminara de
hablar.
- Sí, mi amo
- . - Todavía no tengo claro que merezcas que te use. Puede que me
limite a masturbarme solo y a dejarte ahí sentada hasta que termine"
. Sentí un ataque de pánico. Muy en el fondo de mí sabía que no me
habría hecho ir hasta allí si no pensara utilizarme, por lo menos eso
esperaba, pero no tenía forma de estar segura y por un momento tuve
verdadero miedo de que cumpliera su amenaza. Vacilé unos segundos
antes de contestar y recé para que no tuviera en cuenta ese momento de
duda.
- Si eso es lo que quiere, amo, me sentiré honrada sólo con que me
permita estar frente a usted.
Se marchó unos minutos y cuando volvió no lo oí llegar. Sólo le
escuché cuando volvió a hablarme.
- De momento, no me gusta nada lo que veo-.
Me preguntaba a qué se refería cuando me puso la mano en la frente y
me empujó suavemente hasta hacerme caer sobre la cama. El cambio de
postura me forzó a tensar los hombros hacia atrás y me aprisionó los
brazos bajo la espalda, levantándome las caderas. De pronto me sentí
terriblemente abierta, incluso más expuesta que cinco minutos antes.
Sus dedos juguetearon un rato sobre los rizos de mi sexo. Sin previo
aviso tiró de la anilla que colgaba de mi coño y extrajo de un golpe
las cinco bolas chinas que yo había llevado dentro las dos últimas
horas. Estaba tan mojada que el juego de bolas salió sin ningún
problema pero la impresión, la sorpresa, hizo que ahogara un grito. Un
dedo ocupó el lugar que las bolas acababan de dejar vacío. Entró hasta
el fondo y salió de golpe. Al momento, el dedo caliente y mojado en
mis jugos me rozaba los labios. Abrí la boca para permitir que entrar
y succioné al mismo tiempo que recogía mi humedad con la lengua.
Retiró el dedo mientras yo trataba de mantener el contacto todo lo
posible levantando la cabeza. Repitió el movimiento una y otra vez,
hablando junto a mi oído, mientras seguía alimentándome con mis jugos.
- Estás empapada, puta perra.
- ¿Qué es lo que ha puesto tan caliente a la puta perra? No eres más
que una guarra.


Continuara...

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Espero que a esta sumisa la hagan disfrutar y sufrir como se merece, te sigo y quiero saber que hace este Amo con ella.

A tu Amo se le da bien hacer esperar.

Un saludo y mis respetos a tu señor.

garinoska dijo...

Me gustado mucho el relato, felicito a tu Amo esta muy bien escrito.

Beso para ti y respetos para tu Amo ALL.

alexia {All} dijo...

Gracias por vuestras palabras, seguiré con su relato.

Besitos de canela.

Rubiosero dijo...

Si esto fue el principio, puedes estar segura que me vas a tener enganchado hasta el final. Gracias por compartir tus experiencias y sentimientos de una forma tan hermosa.

Un saludo a tu Señor.

R.

alexia {All} dijo...

Gracias Rubiosero sabes bien la ilusión que me hace tenerte por aquí , recibe un gran beso amigo con todo mi cariño.