jueves

Relato 4ª Parte

El relato 4ª Parte



Por un instante no reaccioné, y luego adelanté la cabeza, tensando la
cadena tanto como podía. Sentía la necesidad imperiosa de demostrarle
que podía complacerlo. Me aterraba que no me considerase capaz de
hacerle gozar y decidiese rechazarme. Tiré de la cadena con más fuerza
y noté cómo iba cediendo poco a poco, centímetro a centímetro.
Demasiado despacio para lo que yo necesitaba en aquel momento. Saqué
la lengua, ansiosa de encontrar la polla de mi amo y de tenerla en la
boca lo antes posible. Al primer contacto con su carne que me quemaba
la recorrí hasta la punta. Necesité levantarme tanto como pude. Mi
dueño es un hombre alto y yo soy más bien bajita. Su polla estaba tan
erecta que casi se levantaba en vertical. Resultaba complicado poder
metérmela en la boca con comodidad y sin molestarle. El anuncio de que
sólo me quedaban tres minutos me hizo acelerar. Con un esfuerzo, me
metí y me saqué la verga de la boca cada vez más rápido, manteniendo
siempre la punta entre los labios. La frotaba con la lengua, tratando
de llegar un poco más lejos. Era demasiado grande para mí, no era
capaz de metérmela del todo en la boca. En cualquier otro momento
habría solucionado el problema usando las manos en la parte que mi
boca no podía abarcar, pero ahora mi única opción era usar la lengua.
Cuando ya no pude meterla y sacarla de la boca más rápido, la dejé
deslizarse fuera y luego volví a hacerla entrar, lentamente, tan
dentro como puede, y succioné cada vez con más fuerza sin dejar de
acariciarla con la lengua. Lo hice una y otra vez, cada vez con más
intensidad. No me quedaba tiempo y ahora empezaba a preocuparme la
posibilidad de no complacerlo. No me preocupaba el castigo. No.
Miento. El castigo me preocupaba, pero lo que realmente me daba miedo
era la posibilidad e no satisfacer a mi amo. Faltaba menos de un
minuto para que el tiempo terminase cuando mi señor puso las manos en
mi cabeza. Se limitó a dejarlas allí, pero era el estímulo que
necesitaba para hacer el último esfuerzo. Mis movimientos se hicieron
más rápidos y más urgentes, hasta que le oí gemir. El sonido me
pareció maravilloso, me hizo desear gemir yo también. Sin embargo, me
limité a retroceder un poco en el momento en que la leche de mi dueño
me llenaba la boca. La saboreé con fruición, reteniéndola un momento
sobre la lengua para que el sabor se volviera más intenso. Era el
sabor del placer de mi amo y el sentirlo me hacía sentir poderosa, a
pesar de ser yo la que se encontraba arrodillada y humillada. Después
limpié cuidadosamente su polla con la lengua. Aún después de haberse
corrido, seguía estando dura. Su contacto me llenaba, me hacía sentir
relajada. Me parecía extraño lo cómoda que me sentía en aquel momento
y en aquella situación. Pero todo lo bueno se acaba y un par de
minutos después mi amo se apartó de mí sin previo aviso. Sin necesidad
de verlo, casi pude intuir su sonrisa.
- Medio minuto, puta. Te has pasado treinta segundos. Eso supone
treinta castigos. Uno por cada segundo de retraso. ¿Estás lista para
aceptarlo?
- Merezco cada uno de esos castigos, amo. Esta puta no es nadie para
retrasar el placer de su dueño-.
Ahora las respuestas salían sin necesidad de que me parase a pensar,
sólo eso me hizo darme cuenta de lo mucho que había cambiado desde el
momento en que le había respondido por primera vez. En aquel momento
me sentía realmente suya. Un tirón de la cadena me indicó que debía
levantarme, pero no fui capaz de hacerlo. Con las manos atadas a la
espalda y la barra e madera separándome las piernas no me quedaba
margen para darme impulso. Esperaba algún comentario sarcástico, o tal
vez que se quedara esperando a que lo consiguiera, así que me
sorprendió sentir cómo me abrazaba, levantándome con cuidado. Antes de
que pudiera abrir la boca para agradecerle el gesto, sus labios se
pegaron a los míos. Sus manos seguían alrededor de mi cintura y él iba
haciendo el beso cada vez más profundo. Me pegué a su cuerpo todo lo
que pude y le correspondí de la forma que había estado deseando desde
hacía mucho, mucho rato. Su sabor era intoxicante, cálido, y por una
vez estaba permitiendo que el contacto fuese tan pleno como yo
deseaba. Separé los labios en cuanto su lengua los rozó, dejándole el
espacio justo para que entrara. Tocó mis dientes, forzándome a abrirla
un poco más, y luego fue directo a por mi lengua. El beso se volvió
húmedo y cada vez más apasionado. Sus manos subieron y bajaron por mis
brazos para luego sujetarme por las caderas y apretarme con fuerza
contra su cuerpo. Tanto que las pinzas de mis pezones quedaron
aprisionadas entre los dos, ajustándose aún más y hundiéndose en mis
pechos. Me derretí cuando sus dedos se metieron entre mis nalgas y
empezaron a jugar con la base del tapón. Al ritmo que me indicaba, me
retorcía contra su cuerpo. Habría dado cualquier cosa por no tener los
brazos atados a la espalda y poder abrazarle. Lentamente se separó de
mí. Primero fue su lengua la que salió de mi boca. Luego se detuvo a
acariciar mis labios y, para cuando quise darme cuenta, me encontraba
de nuevo completamente sola. Mi cuerpo temblaba. Tenía la impresión de
que si sus caricias hubiesen durado un poco más me hubiera corrido.
Estaba tan caliente que mis jugos se deslizaban por mis piernas, cada
vez más abundantes. Era tan evidente que él debía haberlo visto hacía
un buen rato. Se colocó a mi espalda y me desató las muñecas.
Aproveché el momento para intentar desentumecer los hombros. Los
sentía doloridos después de haber pasado tanto tiempo inmovilizados en
una posición incómoda. El alivio duró poco. Mi señor me levantó la
mano derecha y la ató a una barra de madera. Por el tacto supuse que
era redonda, e imaginé que sería igual que la que me separaba las
piernas. No hizo falta que me lo ordenara, en cuanto soltó mi mano
derecha levanté la izquierda a la misma altura. En menos de dos
minutos volvía a estar completamente inmovilizada. La barraba estaba
sujeta a mis muñecas y pasaba por detrás de mi cuello, dejando mis
dedos libres. La opción más cómoda parecía ser la de apoyar la barra
sobre los hombros, así que adopté la postura y esperé. Casi al momento
sus dedos me sujetaron la cara forzándome a separar las mandíbulas. Me
obligué a mí misma a abrir la boca aún más en cuanto me di cuenta de
que estaba intentando meter algo redondo dentro. No necesitaba verlo
para saber lo que era, había visto docenas de fotos en las que otras
chicas llevaban mordazas como aquella. Irracionalmente lo primero que
me pregunté fue de qué color sería. Me obligaba a mantener la boca
abierta y la lengua encogida detrás de ella si no quería hacerme daño.
Con aquella bola en la boca sería completamente incapaz de hablar. Lo
intenté y el resultado fue una especie de gruñido ininteligible y mi
boca llenándose de saliva. Saliva que no pude tragar, lo que volvió la
situación todavía más incómoda. Algo suave me rozó el culo. Me
sobresaltó. Fuera lo que fuera, no era lo suficientemente rígido como
para ser la fusta.
- ¿Quieres saber lo que es, puta? ¿Te apetece saber con qué voy a
castigarte por ser una guarra mamona?
Sin recordar la mordaza intenté contestar. Sin embargo, la bola no
sólo impidió que emitiese ningún sonido coherente, sino que hizo que
la boca se me llenase todavía más de saliva. Incapaz de hablar, asentí
con la cabeza, y entonces noté como parte de la saliva empezaba a
resbalar entre la comisura de mis labios. El hilillo de baba se
deslizó por mi barbilla hasta acabar entre mis pechos. De alguna forma
comprendí que él sabía que aquello pasaría y que lo había provocado.
Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, durante
un momento realmente deseé marcharme. No me sentía como un ser
racional, tenía la impresión de ser poco más que un animal, atada en
una posición incómoda, con lo ojos vendados desde hacía tanto tiempo
que hacía un buen rato que había perdido todo sentido de la
orientación, amordazada, babeándome y esperando que me castigaran,
pinzada y con un pene de plástico llenándome el culo. Había una señal
de emergencia a la que podía recurrir, un gesto de mi mano derecha que
podría haberme sacado de aquella situación en un par de minutos.
Estaba a punto de hacerla cuando mi amo me besó los párpados por
encima de la venda y me lamió las mejillas con dulzura mientras me
colocaba el pelo apartándomelo de la cara. Un gesto mínimo, pero el
gesto que me hizo quedarme. En el fondo estaba disfrutando de aquello,
me sentía incapaz de marcharme
- Va a ser con esto, zorrita mía. Disfrútalo bien antes de que empiece-.
En cuanto lo toqué supe lo que era. Era un cinturón de cuero, liso,
suave. Colocó uno de los extremos entre mis dedos y recorrí toda su
longitud palpándolo, comprobando la suavidad de su tacto. Era
agradable. Me preguntaba si sería mejor o peor que ser azotada con la
fusta. La hebilla era metálica, completamente lisa. Me estremecí al
tocarla. Seguía tocándolo cuando noté como cogía la cadena que unía
las pinzas de mi coño. No fue un tirón brusco, pero hacía que la
tensión creciera poco a poco, sin pausa. Los labios a los que estaban
unidas las pinzas se estiraban poco a poco a medida que subía la
presión, hasta que deseé poder gritar. Siguió tirando sin prisas
mientras yo gemía detrás de la mordaza. La primera de las pinzas saltó
y casi al mismo tiempo lo hizo la siguiente. Me recorrió una sensación
de dolor agudo, punzante, y creo que esta vez el grito sí fue audible
por debajo de la mordaza. Sin darme tiempo a reponerme, tiró de las
pinzas de los pezones, repitiendo la jugada. También aquí las pinzas
saltaron en un par de minutos, dejándome jadeante y llorosa.

Pensaba que el castigo iba a limitarse a eso y a los azotes, pero el
sonido de un par de sillas siendo arrastradas por el suelo de madera
me dejó claro que no sería tan simple. Por el sonido, deduje que había
colocado una de las sillas frente a mí y la otra detrás. Tenía
verdadera curiosidad, y la intriga fue a más cuando colocó una cuerda
entre mis piernas. Era una cuerda delgada y suave. Al principio la
noté a la altura de la rodilla, luego mi amo empezó a tensarla y fue
subiendo hasta acabar encajada en mi coño, no tanto como para que me
molestara, pero sí lo suficiente para rozarme el clítoris y
provocarme. Entendí que para eso había colocado las sillas, para
sujetar la cuerda mientras me azotaba.
- No te has corrido desde que llegaste, ¿verdad, perra?-.
Negué con la cabeza. Había estado a punto un par de veces, pero no
había terminado de llegar y él lo sabía-.
Muy bien, putita mía, eres una perra obediente. Esto es lo que vas a
hacer ahora. . Puedes notar la cuerda en tu coño, ¿verdad?-.
Asentí, ansiosa por saber qué venía a continuación-

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