martes

El relato 3ª parte


Su voz sonó directamente detrás de mí, pero algo alejada, como si se
hubiera separado para ver mejor cómo le obedecía. La orden era más
difícil de cumplir de lo que parecía. Con las piernas tan abiertas,
doblar las rodillas sin caerme de golpe resultaba complicado, además
no podía mover los brazos para equilibrarme.

Doblé las rodillas tanto como pude y luego me incliné hacia delante, dejándome caer. El impulso
fue excesivo y acabé totalmente postrada, apoyada sólo en las rodillas y la frente, con las manos a la espalda y totalmente humillada y expuesta ante la mirada de mi amo. Arrodillada, mis piernas quedaban
todavía más abiertas. Tanto que me dolía. La impresión me sacudió
hasta tal punto que casi olvidé que mi señor estaba mirándome desde algún lugar de la habitación y no pude pensar en nada que no fuese mi cuerpo.
En lo fría que resultaba la madera contra mi frente; en lo
duro que parecía el suelo bajo mis rodillas; en el dolor que me torturaba las ingles… Respiré lentamente, me concentré en el aire que entraba y salía de mis pulmones tratando de relajarme todo lo posible.
Moví la cabeza para colocarme en una postura un poco más cómoda y un
destello de luz logró entrar bajo la venda que me cubría los ojos.
Apenas duró un segundo, pero el resplandor casi me deslumbró. Por un
momento me pregunté qué estaba haciendo en aquella habitación de
hotel, lejos de todo lo que podía asociar a mi vida diaria, colocada
de forma humillante para el placer de un hombre al que realmente no conocía. La voz de mi amo que volvía a hablarme impidió que siguiera pensando.
- No pensaba a hacer esto todavía, perra, pero ya que has tenido el detalle de colocarte en la postura adecuada, tu castigo va a tener que retrasarse un poco-
. Estaba casi segura de que iba a follarme en aquella posición, y
cuando su polla empezó a deslizarse dentro de mi vagina todo indicio
de pensamiento racional volvió a desaparecer. Suspiré y volví a
entregarme a las sensaciones. Al dolor que sentía en mis piernas y al
intenso placer que su verga me causaba al entrar en mí. En la posición
en la que me encontraba, resultaba prácticamente imposible que me
moviera, pero aún así hice lo imposible por balancear las caderas y
acompañarlo mientras entraba y salía de mí. No duró mucho. Después de cuatro o cinco movimientos largos y profundos, mi coño se quedó vacío
sin previo aviso. Medio minuto después, una ligera presión en mi ano
me advirtió de lo que iba a pasar a continuación. Me resigné a lo
inevitable. Después de todo me tenía completamente a su merced y sabía
que cualquier intento de resistencia podría merecer un severo castigo.
No olvidaba que todavía tenía uno pendiente, no tenía ganas de
buscarme otro tan pronto. Entró suavemente, con empujones firmes y
lentos. El ligero dolor que sentí mientras empezaba a penetrarme
desapareció en pocos minutos. Luego, el golpeteo de sus huevos contra
mi coño y sus idas y venidas dentro de mí se volvieron
sorprendentemente placenteras. Casi inconscientemente, empecé a
intentar frotarme contra él. Cada embestida llegaba un poco más
adentro que la anterior y me arranca un nuevo gemido. Mi cuerpo se
contorsionaba tratando de intensificar el contacto, de acercarme más
al calor que sentí detrás de mí, esquivo y deliciosamente tentador,
cada vez más placentero. Me perdía en el ritmo que él me marcaba. En
sus movimientos había siempre un algo impredecible que me impedía
seguirlo perfectamente. Avanzaba y retrocedía más rápido o más
despacio, haciendo que yo llegase siempre un poco antes o un poco más
tarde. Ese ligero desajuste me provocaba, me incitaba a buscar una
cadencia perfecta que él me impedía alcanzar, creando en mi mente una
sensación de frustración cada vez más intensa. De nuevo me abandonó
sin aviso previo y sin dar explicaciones, dejándome sólo con la
sensación de ausencia a mi espalda y de mi culo todavía abierto,
esperándolo. Un ligero tirón de la cadena unida a mi collar de perra
me dio el impulso suficiente como para que pudiese incorporarme sobre
las rodillas. Sus manos en mis caderas me levantaron y me guiaron
mientras me obligaba a girarme sobre mí misma. Me di cuenta de que
estaba completamente desorientada. En el tiempo y en el espacio. Por
mucho que me esforzaba, era incapaz de adivinar sobre qué parte de la
cama estaba haciendo que me apoyara. Mi oscuridad seguía siendo
completa y, aunque no me había movido demasiado desde que mi amo había
entrado en la habitación, sí había sido suficiente como para que
hubiese perdido las referencias.
Me forzó a arrodillarme junto a la cama y luego a inclinarme hacia
delante hasta apoyar la cara sobre la colcha. Estaba fría.
- Ahora sí, perra. Ahora es desobediente culito tuyo va a recibir el
castigo que se merece-.
Su voz era tan fría que me asustó. No por lo duramente que fuera a
castigarme o porque pudiera hacerme auténtico daño. Confiaba en que
fuera severo, es más, una parte de mí incluso lo deseaba, pero creía
que no sería más estricto de lo que exigía mi error. Es decir, era
consciente de que lo que fuera que tenía pensado hacerme iba a
dolerme, y posiblemente bastante, pero de alguna manera me hubiera
sentido mejor si hubiera encontrado un rastro de emoción en su voz.
Hacía menos de medio minuto me había sodomizado hasta hacerme perder
el control de mí misma, estaba casi segura de que no se había corrido,
pero lo que no podía entender era que su voz no pareciera siquiera
agitada. Me estremecí mientras agradecía para mis adentros que mi cara
fuera la única parte de mi cuerpo que se apoyaba sobre la cama. Sabía
que si me obligaba a descargar todo mi peso sobre las tetas iba a
costarme contenerme y no gritar por la presión de las pinzas.
Sin embargo, a continuación pasó un brazo bajo mi cintura y me
levantó en el aire mientras con la otra mano me tiraba del pelo, con
una presión constante que me hizo forzar la postura hasta arquearme.
Cuando empezó a bajarme, lo hizo obligándome a mantener la posición.
Esta vez, la primera parte de mi cuerpo que tocó la colcha fueron los
pezones. Grité cuando terminó de dejarme caer de golpe. Permanecía
quieta, jadeante y llorosa.
- Amo-.
La palabra se escapó de mis labios una y otra vez, a medio camino
entre un gemido y un sollozo. No dejé de gemir mientras mi amo seguía
moviéndome sobre la cama, situándome de tal forma que mi culo terminó
perfectamente expuesto y a su disposición y mis pechos aplastados al
máximo contra la cama
- .- Amo-.
La palabra se escapaba de mis labios una y otra vez, como una
letanía. No sabía si en realidad le estaba suplicando que parara o que
siguiera, lo único que realmente necesitaba era sentir la palabra,
saborearla, escucharla. Su dedo sobre mis labios me hizo volver a
guardar silencio.
- Sshhh, zorrita. Calla. No quieres que tenga que amordazarte, ¿verdad?
- - No amo, no tendrá que hacerlo-.
Sus dedos se deslizaban entre mi pelo. El gesto, inesperadamente
suave, hizo que realmente deseara entregarle todo cuanto quisiera de
mí.
- Ahora voy a castigarte, perrita. Sabes que te lo mereces y voy a ser
duro contigo porque tienes que aprender a obedecer. Necesitas saber
cómo comportarte y que los errores se pagan. Vas a entregarme todo tu
dolor y vas a estar contenta de hacerlo porque es lo que tu amo quiere
de ti, ¿verdad?-
. Me movía casi imperceptiblemente, siguiendo con la cabeza el
movimiento de su mano.
- Mi dolor es suyo, amo. Le suplico que me castigue como merezco.
Una de sus manos cayó con fuerza sobre mi nalga derecha mientras
seguía inclinado sobre mí, acariciándome. Ahogué un gemido fruto más
de la sorpresa que del dolor. Esta vez su voz sonó como un susurro
dulce junto a mi oído.
- A partir de ahora, perrita mía, no quiero oírte pronunciar una sola
palabra más. Puedes gemir si quieres, pero en cuanto oiga una sola
palabra te amordazo.
No me atreví a asentir, así que me limité a agitar la cabeza. La
mordaza me daba pánico. Por sí sola no me parecía especialmente
temible, pero unida a la venda en los ojos y a las ataduras en los
pies y en las manos… Era la restricción que faltaba, y solo por eso me
parecía también la peor. Sus labios en mi mejilla y una última caricia
en la espalda y luego sentí de nuevo cómo se alejaba.
Algo frío se apoyó contra mi ano y empezó a presionar. En el primer
momento pensé que era lo mismo que me había metido al principio, pero
a medida que seguía empujando me di cuenta de que estaba equivocada.
Era demasiado ancho, y a pesar de que ya no estaba tan cerrada como al
principio, estaba costándole entrar. Recordé el tapón anal que y misma
había colocado sobre la cómoda y supe que era eso lo que estaba
penetrándome. Lo había tenido entre las manos y me había preguntado
qué sentiría cuando lo tuviera dentro. Ahora mi señor estaba
empujándolo dentro de mí. Al principio, la sensación no resultaba
desagradable. Notaba cómo iba entrando, con una presión lenta y
constante. Me sentía cada vez un poco más llena, algo más abierta con
cada embestida. Mis gemidos también se volvían cada vez más intensos a
medida que el tapón iba entrando. De pronto, la presión cesó y algo
azotó con fuerza mi nalga derecha. Fue un golpe seco, duro, pero no
especialmente fuerte. Supe que mi señor estaba haciendo que probara la
fusta, otro de los juguetes que yo misma había puesto a su
disposición. Apreté los dientes mientras ahogaba un gemido y recibía
un segundo azote en la nalga izquierda. La azotaina continuó durante
un buen rato. Cada nuevo golpe caía sobre un trozo de piel que todavía
no había sido castigado, calentando cada pedazo de carne. Me picaba.
Escocía cada vez más, a pesar de que la intensidad de los goles se
mantenía constante y no era demasiado fuerte. Imagino que si pudiera
verme a mí misma desde fuera me vería el culo completamente rojo. Me
costaba cada vez más contenerme para no decir nada ni agitarme
demasiado. Deseaba hablar con todas mis fuerzas, suplicar como fuera,
a pesar del miedo que me daba la mordaza. Estaba a punto de rendirme
cuando los azotes cesaron y mi señor volvió a aplicarse al tapón anal.
Disfruté del alivio momentáneo que me produjo el que cesaran los
azotes y la agradable sensación de aquella polla de plástico
penetrándome. Moví las caderas adelante y atrás al ritmo que él me
marcaba, tratando de admitirla dentro de mí tanto como fuera posible.
Jadeé cuando tuve la impresión de que ya no podía entrar más. Pensé
que aquello acabaría allí, pero estaba equivocada. A pesar de que yo
pensaba que sería imposible, mi dueño aumentó la presión hasta
conseguir que el tapón siguiese entrando, milímetro a milímetro. Me
retorcía sobre la cama, sin saber demasiado bien si quería facilitar o
impedir la invasión y olvidando totalmente las pinzas de los pezones.
Mis gemidos se convirtieron en una queja continua. Me aliviaba. El
dolor en mis pechos y mi culo era soportable pero cada vez más
intenso. Mi mente trataba de concentrarse en cada una de las
sensaciones que mi dueño estaba provocándome. Un dedo penetró en mi
vagina, proporcionándome un momento de alivio glorioso. Deseé poder
pedirle que no parase, que siguiese distrayéndome de la extraña
sensación que me provocaba el tapón. Me arqueé, levantando más el culo
y metiendo el dedo tan dentro de mí como podía. Suavemente, mi amo
recorrió toda la longitud del pene de plástico, frotándolo desde el
interior de mi vagina. Repitió el movimiento, esta vez sacando
ligeramente el tapón para volver a meterlo con fuerza, llegando cada
vez un poco más lejos. La suavidad de sus movimientos en mi coño no
tenía nada que ver con los empujones cada vez más bruscos en mi culo.
Me preguntaba cuánto más podría entrar. Cuánto más podría admitir yo y
cuánto quedaría fuera. Esperaba que no fuera mucho y al mismo tiempo
deseaba más. Otra vez, sus manos volvieron a alejarse de mí de golpe.
Sabía que el respiro sería sólo momentáneo y no tenía claro qué podía
venir después. No me molesté en preocuparme por lo que me esperaba y
me dediqué a disfrutar del momento de calma. Mi respiración no había
terminado de tranquilizarse cuando la fusta volvió a caer sobre m
culo. Esta vez golpeaba sobre carne que había calentado previamente.
Los golpes eran más fuertes, o al menos eso parecía. Cada azote
escocía más que el anterior. Se sucedían con un ritmo pausado,
constante, como si estudiase mi culo detenidamente, eligiendo de forma
caprichosa sobre qué parte de mis nalgas iba a dejar caer la fusta. De
pronto me encontré a mí misma buscando el contacto, levantando las
caderas, ofreciéndome a mi señor. El último azote fue especialmente
duro. Golpeó con toda su fuerza al mismo tiempo que empujaba el tapón
anal hasta conseguir introducirlo totalmente dentro de mí. Luego sus
manos recorrieron mis nalgas acariciándolas, apretando más en las
zonas más coloradas, o al menos eso me parecía, recorriendo con la
punta de los dedos el contorno del tapón anal. Por primera vez desde
que todo aquello había empezado me di cuenta de que realmente deseaba
estar así. Me sentía bien. Estaba disfrutando de la presión de las
pinzas en mis pechos, de la sensación del tapón anal llenándome,
deseaba poder ver qué aspecto tenía allí, inclinada sobre la cama con
el culo rojo en alto. Si hubiera podido, me hubiera encantado poder
mirar a mi señor a los ojos y sonreírle, demostrarle lo agradecida que
me sentía porque me hubiera hecho sentir así. No tenía permiso para
hablar, así que me limité a intentar demostrárselo gimiendo y
arqueándome bajo sus manos como una gata mimosa. Sus manos subieron
pronto hasta mi cara, apartándome el pelo de la frente. Aproveché para
girar la cara y besarle los dedos. No se me ocurría otra forma de
demostrarle mi agradecimiento por un castigo que merecía y que había
descubierto. Sus manos en mis hombros me sujetaron y me ayudaron a
levantarme. Mis rodillas protestaron, después de pasar tanto rato
apoyada sobre ellas. Me besó y sus labios me parecieron maravillosos,
suaves, cálidos y ligeramente húmedos. El roce de su lengua me
sorprendió y me abandonó antes de que tuviera tiempo siquiera de
intentar corresponderle.
Sujetándome por las caderas me obligó a moverme hacia atrás. Me
sentía patosa, dando pasitos tan cortos y rápidos como me permitía la
barra que tenía entre las piernas y sin poder ver hacia donde iba.
Pronto me encontré sentada sobre una silla de madera, con la espalda
erguida y las manos agarradas a los barrotes en un gesto inconsciente.
La madera estaba deliciosamente fría contra mi piel y apretaba el
tapón metiéndolo aún más dentro de mí. Permanecí inmóvil, con la
espalda erguida y la cabeza levemente inclinada, esperando. De nuevo
se hizo el silencio. Forcé mis sentidos intentando captar cualquier
sonido, por minúsculo que fuese, que me indicara lo que estaba
pasando, pero no me sirvió de nada. Lo único que me llegó fueron los
gritos y las risas de un grupo de niños que jugaban en alguna parte
fuera del edificio. En aquella situación, el sonido parecía una enorme
incongruencia. La vista tampoco me servía de nada. A través del
pañuelo que me cubría los ojos sólo me llegaba oscuridad, no se
filtraba luz, estaba demasiado bien ajustado. Me resigné a la idea de
esperar y me relajé. Pensaba que aquellos minutos a solas me
enfriarían, que conseguirían que la excitación que me llenaba
desapareciera o, por lo menos, disminuyera, pero no fue así. Mi cabeza
no dejaba de dar vueltas a las sensaciones que me habían sacudido
desde el momento en que había entrado en aquella habitación. Y lo que
vendría después. Sobre todo que podría pasar después. La expectación,
la ignorancia de lo que iba a ocurrirme en unos minutos estaba
llevando a mi mente a crear docenas de posibilidades, cada una más
excitante que la anterior. Me sentía húmeda. Tanto, que estaba segura
de que mis jugos estaban empezando a mojar la madera del asiento. Me
ruboricé al pensar que en aquella posición, con las piernas
completamente abiertas y el coño recién depilado, mi excitación
resultaba evidente. Sólo tenía que mirarme para saber exactamente cómo
me sentía en aquel momento. Su voz, llegando desde algún lugar frente
a mí, me sobresaltó. Siguiendo sus órdenes me levanté como pude, con
torpeza. El sonido de la cadena unida a mi collar de perra,
repiqueteando con cada uno de mis movimientos, me resultaba
inquietante. Se repetía una y otra vez. Lo provocaba cualquier
movimiento de mi cuello o de mis hombros, por mínimo que fuera, y no
sabía cómo impedirlo. No estaba unida a nada, pero el repiqueteo de
los eslabones me hacía sentir más sometida que cualquiera de las
ataduras que mi señor me había impuesto hasta aquel momento. Me quedé
de pie, esperando que me indicara cuál debía ser mi próximo
movimiento, tratando de no moverme para no escuchar el sonido metálico
de la cadena. Esta vez no me hizo esperar demasiado. Sentí el tirón de
la cadena en mi cuello y otra vez avancé como pude. La barra que me
separaba las piernas sólo me permitía dar pasos muy cortos, así que me
veía obligada a dar muchos muy cortos si quería seguir el ritmo que mi
señor me marcaba. Un tirón más fuerte que los anteriores me hizo caer
de rodillas. Con el impulso me incliné hacia delante. No lo dudé y me
dejé llevar hasta apoyar la frente en el suelo. Su mano dando
palmaditas en mi cabeza me dejó claro que mi señor aprobaba el gesto.
Sonreí, agradecida, y me arqueé hacia él. Sus manos en mis hombros me
ayudaron a volver a incorporarme y en seguida sus dedos acariciaron mi
cara. Suspiré, disfrutando de la sensación. Sólo sus manos me tocaban,
pero de alguna forma podía sentir su calor y su presencia, como si
todo su cuerpo estuviera apretándose contra el mío.
- Ahora, putita mía, vamos a jugar un rato. Quiero que me demuestres
lo que sabe hacer esa preciosa boquita de perra mamona que tienes, ¿de
acuerdo?
- Sí, amo-.
Me apresuré a asentir, tratando de no parecer tan impaciente como me
sentía. Hasta el momento, sus caricias habían sido siempre escasas y
frustrantes, y mi señor no me había permitido tocarle. Estaba deseando
poder hacerlo. Acariciarlo, besarlo, hacer que jadeara de placer,
demostrarle lo feliz que me sentía de ser suya y de estar allí con él.
- Estoy convencido de que sabes cómo hacerlo, putita, así que vamos a
ponerlo más interesante, ¿de acuerdo?-
. Sus manos seguían en mi pelo mientras hablaba.
- Sí, señor. Como mi amo desee-.
Realmente no me preocupaban mucho las condiciones que fuera a poner.
Lo único de lo que era consciente era de que en un par de minutos iba
a tener su verga en la boca. La quería, y la quería ya.
- Muy bien, perra. Lo que vamos a hacer es esto. Quiero correrme, y
quiero hacerlo en catorce minutos justos. Ni uno más ni uno menos. Yo
iré indicándote cómo vas de tiempo y recibirás un castigo por cada
segundo que te pases o te quedes corta. ¿Queda claro, puta?

Lo entiendo, señor, haré lo posible porque sean catorce minutos-
. Me preguntaba si realmente sería capaz de afinar tanto, pero estaba
convencida de que por lo menos disfrutaría intentándolo.
Delicadamente, me apartó el pelo de la cara y lo colocó detrás de las
orejas. Situó la cadena de forma que cayera por el centro de mi
espalda, pasando entre mis nalgas y con el extremo descansando en el
suelo. Tirando de las cadenas que unían las pinzas de mis pezones y mi
coño me obligó a incorporarme sobre las rodillas. No pude evitar un
grito ahogado. Dolía. Casi había conseguido acostumbrarme a las
pinzas, hacía un buen rato que sólo las recordaba cuando hacía un
movimiento brusco, pero ahora mis pezones y mi coño palpitaban de
dolor. Los sentía enormes, como si tuviesen tres o cuatro veces su
tamaño normal. Esperé arrodillada, tratando de que mi respiración se
tranquilizara lo antes posible. No tuve mucho tiempo antes de que mi
señor volviera a dirigirme la palabra. "Catorce minutos, zorra".
Esperé un par de segundos y luego empecé a moverme, disfrutando de la
idea de que, pasase lo que pasase después, durante el próximo cuarto
de hora la verga de mi amo sería mía. Adelanté la cara despacio,
buscando su polla con delicadez. La rocé con la mejilla y avancé sobre
las rodillas para alcanzarla con más comodidad. Pensé que tenía tiempo
por lo menos para empezar con calma, así que dediqué un momento a
explorar la polla de mi señor. La recorrí frotándola con la cara,
disfrutando de ella. Estaba dura y formaba un ángulo recto con el
cuerpo de mi dueño. La notaba muy, muy caliente contra mi piel, casi
seca en la base y mojada y pegajosa en la punta. Me pareció
espléndida, larga y ancha, y supe que iba a tener que hacer un
esfuerzo si quería metérmela en la boca. Me mojé los labios y la
recorrí con besos breves y mimosos antes de sacar la lengua y
recorrerla en toda su longitud. Su sabor me invadió, salado,
ligeramente amargo, y me hizo desear más. Oí la voz de mi señor
avisándome de que habían pasado los dos primeros minutos, pero no le
hice demasiado caso. Todavía tenía tiempo para saborearla un rato. Una
y otra vez deslicé la lengua desde la base hasta la punta y de
vuelta. En cada pasada la sentía más mojada, más caliente y un poco
más dura. Al llegar a la punta me detenía invariablemente para
llevarme a la boca las primeras gotas de semen. Resultaba intoxicante.
Besé y lamí hasta que la verga de mi amo estuvo completamente empapada
con mi saliva. Entonces y sólo entonces me la metí en la boca. Sólo un
poco al principio, para dejarla salir casi enseguida. Sin detenerme
inicié un movimiento de vaivén, llegando cada vez un poco más lejos y
frotándola con la lengua mientras entraba y salía. Cinco minutos. El
tiempo pasaba demasiado rápido para mi gusto. Me la metí en la boca,
tan profundamente como pude y succioné. Me esforzaba por hacerlo con
calma, por refrenarme, aunque lo que realmente deseaba era probarla
toda a la vez, disfrutar de cada uno de los sabores y de las texturas
de su piel al mismo tiempo. Mi boca se abría tanto como podía para
acoger a mi señor con toda la delicadeza posible, rodeando su polla
con mis labios húmedos, evitando lastimarla con los dientes.
Lentamente me deslicé hacia atrás, dejando que mi lengua se demorara
unos segundos sobre su piel. Aproveché para respirar hondo un segundo
y para tragar saliva. Lo siguiente fue dejarme caer sobre los talones
y acurrucarme todo lo posible entre las piernas de mi dueño. Desde
allí, tanteando con la lengua, busqué sus huevos. Retrocedí un poco y
abrí la boca todo lo que pude antes de volver a subir, intentando que
entraran todo lo posible. Me deleité chupando y lamiendo tanto como
podía. Mi lengua se estiraba hasta asomar fuera de los labios. La voz
de mi amo me anunció que me quedaban sólo seis minutos. Sonaba
tranquilo. Tanto, que empecé a preocuparme. Desde luego, no quería que
se corriese en ese preciso momento, pero esperaba que en algún momento
empezase a jadear, incluso algún que otro gemido. Algo que por lo
menos me permitiera hacerme una idea de cuál era su grado de
excitación. Tampoco podía dejar de preguntarme qué pensaría de mi
aspecto en aquel momento. Al pensarlo, por un momento me sentí tan
avergonzada que estuve a punto de pararme. Aún así, la imagen que
recreaba mi mente no dejaba de excitarme, medio desnuda, con las
cadenas colgando de mi coño y mis pezones, las piernas abiertas al
máximo por la barra separadora, los brazos atados a la espalda
impulsando mis pechos hacia delante, resaltando las pinzas que
torturaban los pezones, el pelo sobre la cara, caído por encima de la
venda que me tapaba los ojos, chupando aquella verga como si en aquel
momento no hubiera nada más, como si no pudiera imaginarme a mí misma
haciendo ninguna otra cosa. Menos de seis minutos. Pensé que era el
momento de empezar a darme prisa. Una parte rebelde de mí deseaba
oírle gemir, reclamar una pequeña porción de poder sobre mi amo,
demostrarle que podía darle placer. Aparté la cara de los huevos de mi
señor para volver a meterme su polla en la boca. Sin embargo, antes de
que pudiera alcanzarla con la lengua, un tirón de la cadena me obligó
a inclinar la cabeza hacia atrás. Por un momento me quedé sin
respiración. Por unos minutos me había olvidado totalmente de mi
collar de perro.
¿¿Eso es todo lo que sabes hacer, zorra' Eres una perra bastante
inútil. No me estoy excitando nada, puta, y como sigas así tu castigo
va a ser memorable. Vas a tener que aprender a mamarla, puta


All

2 comentarios:

luna roja {REHMY} dijo...

Wooow!!! Vaya relato mi bella Alexia{All} me he leído en esta tarde las tres partes y ese encuentro fue sensacional, estoy muy interesada en saber lo que tú Señor Amo narrará en la continuación, porque continúa, verdad?
Un fuerte abrazo para ti y nuestros respetos a tu Señor. de parte de mi Amo Enrique y míos.
lunaroja{REHMY}

alexia {All} dijo...

Continua luna roja {REHMY} dejare un respiro para seguir publicando, besitos de canela para ti guapa y respetos a tu Señor.