viernes

El encuentro


Hace ya tiempo que hablábamos por diversos medios y hasta quedamos hace ya semanas a tomar café. No había nada que, de entrada, se saliese de lo habitual en estos casos. Salvo, quizás el destello de deseo que surgió al cruzarse nuestras miradas. A eso, la verdad, no estaba tan acostumbrado. Nunca estaba acostumbrado a ese ramalazazo de empatía y complicidad, a ese destello de luz que invita a ir siempre un poco más allá y, que, por respeto y educación, ocultas o, más bien, vistes de formas recatadas aunque siempre dejas una rendija que deje vislumbrar ese ramalazo… de siempre me había gustado más insinuar que descubrir e intuía que ella era también así.



Habíamos seguido manteniendo multitud de conversaciones, unas más intensas que otras, bien por vía telefónica o a través de chats a diversas horas, intentando acomodarnos el uno a al otro, esperando mutuamente obtener la certeza más o menos personal de que estábamos destinados a entendernos. Pero yo, en realidad, no lo necesitaba. Estaba seguro.

Y esa seguridad provenía exclusivamente de mi intuición, de ese sexto sentido que te dice internamente al minuto de haberla conocido, que es la persona adecuada, que tiene ese algo especial, inapreciable para casi todos, pero que enseguida descubres. Sin necesidad de escudriñar más. Aunque en este caso, había que haber esperado algo más, hasta que por fin estuvieron en un lugar adecuado, que, por paradojas de la vida, había permanecido inalterado a lo largo de los años y que se presentaba para ella, tal y como vagamente ya recordaba, como una fotografía que volviese a ver y recordase, conforme recordaba cada más mínimo detalle.



Hasta que por fin pudieron mirarse a los ojos de una forma abierta y relajada. Hasta que por fin pudieron apreciarse mutuamente sus movimientos, sus posturas, esas pequeñas pinceladas que dicen tanto en tan poco tiempo; retazos de movimiento que, a veces, te dibujan mejor que la mejor de las descripciones.



Esos pequeños detalles, quizas imperceptibles, quizás demasiado evidentes y que flotan como esferas cargadas de significado. Así, se había sentido travieso escudriñando esa pierna que acababa en la media e iba más allá, aunque a veces, ella se afanara en que la falda cubriese más allá de lo que por, tamaño, cubría. Se había sentido cómplice atrapando entre sus rodillas unas rodillas demasiado familiares… o iluminado y pequeño a la vez al sacar, casi con apuro, un pequeño detalle sin importancia, como si no se sintiese con el derecho a enseñarlo…

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1 comentario:

Rosaida dijo...

Cuando por primera vez dos miradas se cruzan y sientes que se funden en un abrazo… lo demás sucumbe ante la cascada deseada, que desemboca en el plácido remanso de un río encauzado en la complicidad compartida.
Un beso desde mi Jardín.