miércoles

SUEÑOS DE ADULTO

SUEÑOS DE ADULTO
Llueve como si no hubiese llovido nunca, como si las nubes quisiesen desquitarse por tantos días de presencia sin ofrecer a la tierra el preciado maná.

Una noche más, sólo otra. Una cita que, según transcurren los minutos se le antoja más extraña. ¿Qué demonios hace allí esperando a un desconocido?
Remueve el té y se obliga a hacerlo despacio, fingiendo desgana, lejanía, distancia de todo lo que la rodea. Pero está nerviosa, no demasiado pero sí lo justo para sentirse incómoda, porque no hay razón; nunca la hay cuando se trata de hombres…

Una equivocación al marcar el teléfono algunas noches antes, y se había encontrado hablando durante horas con un perfecto extraño, dejándose llevar por el enigmático influjo de una voz que la hacía estremecerse y vibrar. La intimidad fue haciéndose mayor y las palabras surgían solas, como si fuese algo natural, sin embargo nada de aquello lo era.

A aquella primera conversación siguieron otras, ya no eran errores sino de la voluntad (si es que la voluntad de hacer algo puede ser un error). Cada noche a la hora mágica, sonaba el teléfono y se permitía a sí misma volver a creer en todo aquello que hacia años había desterrado con la excusa de que ser realista hace siempre menos daño.

Se dejaba envolver con palabras, suspiros quedamente desgarrados, por heridas y carencias propias y de aquel extraño que la hacia soñar, desear creer y, al mismo tiempo, desconfiar de si misma y de su cordura…

Seguramente ni era real, sólo el producto de dos soledades que se encuentran una madrugada cualquiera en cualquier lugar por pura casualidad.
Pero solía encontrarse diciendo cosas, que por mucho que estuvieran en su interior, escondía desde hacía tanto tiempo que ya ni recordaba la causa.
El cinismo protector de las almas sensibles la ayudaba a esconderse de todo, a aparecer indiferente, calmada y fría.

Rara vez dejaba traslucir lo que sentía o pensaba, entrenada como estaba en parecer firme, dura e independiente. El físico ayudaba, alta, delgada, de rasgos angulosos y mirada esquiva. Callada, observadora de todo a su alrededor como si estuviese esperando siempre un golpe que había llegado demasiadas veces, como para poder olvidarlo.

Sería un fracaso, lo sabía. Todas sus citas lo eran. Pocas pasaban la prueba del Bar y de la charla por intrascendente que fuera, algunas pocas llegaban hasta cerca del portal. Menos de las que la gente imaginaba, terminaban en un roce de pieles más o menos agradable pero que no dejaban más huella que algún rastro de fluidos corporales que desaparecían con una ducha, y siempre en terreno ajeno para poder volver a su guarida sin sobresaltos.

Miró el reloj de la pared, ya era casi la hora… Hizo un repaso mental de su posición, quería observar sus movimientos (cobijada en el rincón más oscuro para hacerlo con calma) desde el mismo momento en que empujara la puerta para entrar, quería ponerle el piloto automático al desengaño antes de que surgiese buscando una retirada estratégica antes de tomar contacto real.

Se conocía, si la voz la había atrapado y hecho soñar a través del teléfono sería peor al natural, peor… no, más subyugante.
No necesitaba distracciones de ése tipo, ya llegaría el momento, (sino sentía la necesidad imperiosa de salir por la puerta de atrás) de perderse en ésa voz y unos ojos (seguramente) tan desgastados como los suyos propios pero capaces de brillar fugazmente ante una visión agradable.

¿Qué le gustó su voz? Seguramente no iría acompañada de un físico a su altura. A ése pensamiento se agarró mientras acentuaba su pose de mujer fatal, descreída y dura una vez más.
¡Maldita sea…! (se reprende interiormente) lo vas a estropear todo si sigues balanceando el zapato y las caderas al compás de la música…
INDIFERENTE, ¿recuerdas?

Han caído hace ya los últimos telones del primaveral día tras el horizonte, cuando por fin entro en el local en que hemos quedado.

La puerta se abre una vez más, hoy el bar está más concurrido de lo habitual, probablemente porque la gente entra a refugiarse de la lluvia… mejor, así puede pasar más desapercibida y aprovechar los segundos que él tarde en adaptar su vista a la semi-oscuridad del local, para observarle a gusto.

El lenguaje corporal muchas veces había sido su aliado para reconocer personas o situaciones potencialmente peligrosas, como para desdeñarlo.

Es un local tranquilo, a media luz, con el suelo de madera oscura y el mobiliario de los viejos cafés de toda la vida, con las mesas de mármol blanco y la sillas de madera.

... Mira a su alrededor pausadamente, fijándose en los detalles. No parece nervioso, sino que está evaluando el lugar, el escenario del primer encuentro con ojo crítico. Una sonrisa breve, perezosa y torcida en sus labios finos da a entender que comprende la intención de ella al sugerir ése local; es la noche de la fantasía, del disfraz, de la aventura en blanco y negro porque hasta la música que está sonando, le transporta a algún tugurio de Chicago o Nueva York de los años cincuenta. Vuelve a sonreir, ahora se alegra de la lluvia, de la gabardina empapada y se prepara mentalmente para seguir el juego y ser ... ¿Tal Vez, Bogart? para ella…

Hay poca gente y de música de fondo se escuchan piezas de jazz, en este caso creo reconocer los últimos acordes de una pieza del piano de Tsuyoshi Yamamoto.

Estoy calado hasta los huesos, pero no me importa. Sé que me está mirando, que lo hace desde que entré, Porque desde que he abierto la puerta el calor de tu cercana presencia me reconforta. Siento que estás esperándome, aunque no sé muy bien dónde. Es mi sexto sentido, que funciona como siempre, solo que esta vez de una forma mucho más a acusada, más perceptible.

No nos hemos visto nunca, pero estoy seguro de que te reconoceré de lejos.

Como siempre que me acelera la prisa, tiendo a ralentizar mis movimientos, haciéndolos exageradamente lentos. Estirando mi deseo y saboreándolo, resincronizando los latidos del corazón y reduciéndolos para dominarlos.

Me acerco a la barra, pausadamente, mientras me quito la gabardina empapada, la doblo meticulosamente y la dejo con toda parsimonia en la silla de una mesa vacía, junto al libro completamente empapado y una taza de café que aun no han retirado.

Hay poca luz en el local, y no ha n hecho sino empezar a sonar los primeros compases de "Dancing in the dark", cuando percibo una silueta apretada, como acurrucada, contra la barra en una esquina. El leve movimiento a mi izquierda capta toda mi atención, pero disimulo, como lo estás haciendo tú. Mi mirada queda prendida unos segundos del suave balanceo de un pié delgado enfundado en unos zapatos negros de tacón altísimo. Cuando te das cuenta, paras el pié de inmediato y lo posas firmemente en el travesaño del taburete… ¡Eres tú! Pero no eres Bacall, sino más… Verónica Lake escondiendo la mirada tras una cortina de pelo rojo sin atreverte del todo a levantar la cabeza, como mirando de soslayo, sopesando si el riesgo vale la pena o no…

Cojo una ultima bocanada de aire y, sonriendo, decidido, y sin dejar de mirarte, me dirijo hacia ti…

Sé ha entendido el juego que le propongo, es algo intangible, pero lo sé, soy testigo de la creación del personaje. Respiro hondo, hasta ahora ha sido perfecto, pero lo estropeará hablando y con las preguntas de todos…
Ruego en silencio: No, no lo hagas, sé diferente, sé él… el que necesito esta noche, el que he soñado noche tras noche mientras te escuchaba… Sedúceme.

Conforme me acerco, y mientras percibo el crujir de la madera bajo mis pasos decididos, observo frente a mí un gran reloj que marca las once y me doy perfecta cuenta de que sobran las palabras, porque lo que de verdad necesito es el calor de tu cuerpo.

Así que sin mediar palabra y, con suavidad, pero con decisión, cuando estoy apenas a medio metro de ti, alargo mi brazo y acerco tu talle al mío con firmeza, mientras nuestras bocas se buscan desesperadamente en un beso sin fin.

Las gotas de mi pelo empapado resbalan por mi cara y se posan en tus pómulos mientras nuestras bocas se retuercen de deseo súbito y con placer. Y sientes nítidamente como ese beso interminable hace crecer mi deseo por ti, y como un cuerpo ya nunca más extraño para ti, se abre hueco entre los dos.

No hay palabras, no hay presentaciones, no hay preguntas… no hay lucha de voluntades ni fingimiento ahora, solo sensaciones al desnudo y un sentimiento mutuo de reconocimiento intimo. ¿Química? Sea lo que sea es brutal, temblamos ambos presos de una pasión y un deseo que nos sorprenden pero que no nos hacen precipitarnos fuera del Bar para darles rienda suelta…
Al fin una mirada y un acuerdo tácito de degustarlo segundo a segundo, de no apresurar nada, de dejarlo fluir a su ritmo y con sus tiempos propios…

Nuestros cuerpos no pueden ya separarse, ¿Para qué iban a hacerlo si luego se van a reclamar en cuestión de segundos?
No parece que ni a ti ni a mi nos importe mucho el qué dirán…

No pueden separarse porque no quieren y desean seguir siendo solo uno… mientras comienzan a moverse acompasadamente al son de la música de Krall.

En un compás que durará toda la noche pase lo que pase, vayamos donde vayamos y hagamos lo que hagamos…

Toda la noche, y quinientas noches más.

MasterKeith

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